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de Luis Alfredo Villalba

 

 

Luis Alfredo Villalba (Argentina)  

Ante la inquietante pregunta del poeta argentino, Rolando Revagliatti: 

¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

 

LUIS ALFREDO VILLALBA

 responde... 

Cuando leí “Las primas” de Aurora Venturini me sentí tan desconcertado como los astrónomos que, en 1970, investigando la galaxia de Andrómeda, descubrieron que, si el universo que nosotros vemos con sus galaxias y estrellas relucientes, mantiene la forma, es porque hay algo invisible que funciona como su esqueleto: la materia oscura.

O sea que el universo es lo que es por lo que no vemos, por lo que se oculta. Y si no lo vemos es porque no estamos preparados. No queremos conocer el esqueleto del cielo porque para nosotros el esqueleto es un símbolo de la muerte. A pesar de que si nosotros no tuviéramos esqueleto seríamos un charco de vísceras y cartílagos.

Y es lo que hace Venturini con “Las primas”. Muestra sin pudores lo que las personas normales como yo no quieren ver: un monstruo. Pero después de que leí “Las primas” supe que yo nunca había sido normal. Ahora les cuento. 

 

Me llamo Luis Alfredo Villalba y nací en 1939 con cuatro dedos en el pie derecho. Mi mamá me envidiaba y me lo hacía notar cuando antes de darme la teta se la daba primero a un perrito callejero.

Me llevó a un médico famoso y sus ayudantes me subieron a una mesa blanca y fría. Todos se rieron y gritaron al unísono: ¡Esto es un monstruo! Mi mamá se sentía orgullosa, después de todo ella me había hecho a mí. Hasta que un día agarré y me fui a vivir a la calle.

Me sentaba en el cordón de la vereda y cuando venía gente bien vestida le pedía plata entre toses. Una vez que estaba en la plaza tomando solcito apareció Aurora y me ofreció trabajar en el jardín de la casa grande donde vivían sus parientes. Me puso una condición y era que nunca tenía que entrar en la casa. 

Empecé a trabajar y a veces dejaba el rastrillo para espiar por las rendijas de las ventanas y así supe que en la casa vivían un montón de mujeres taradas. A mí me calentaba Petra, enana y puta. Se bañaba desnuda y tenía el cuerpo y las piernas torcidas. No me gustaba cuando se sacaba la peluca y mostraba la calva. Pero tenía la espalda con pelos enrulados desde el cogote hasta la cintura. Era un monstruo como yo.

Yuma, la disléxica, estudiaba pintura. Un día me tenté, entré a la casa y me pillaron cuando estaba mirando los cuadros. Me echaron.

Desde entonces vivo de las monedas que me dan los chicos de la plaza cuando les muestro mi pie con cuatro dedos. Ellos se burlan porque soy defectuoso, pero con las monedas me lleno la panza de tortitas con chicharrones. Cuando me sobra alguna la dejo en las escaleras de la casa grande. Seguro que ellas saben que soy yo y me van a llamar para que les pase el rastrillo.

Mientras tanto empecé a escribir poesía, pero esa desviación ya es conocida en el ambiente.

 

copyrigth@luisalfredovillalba 

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