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de Marcelo Fagiano

  

Marcelo Fagiano (Argentina, 1959)

Ante la inquietante pregunta del poeta argentino, Rolando Revagliatti: 

¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?

MARCELO FAGIANO

 responde...

Mujeres de la memoria y el deseo*. Me he sumergido en casi todas tus ciudades invisibles y espero, antes de morir, transitar con mis pasos por las que aún me restan descubrir. En cada uno de esos fantasmas arquitectónicos me ha enamorado una mujer, he dejado hijos y riquezas en el camino siguiendo mi destino de viaje y, aunque crea que cada vez amo a una mujer distinta es siempre la misma, idéntica al deseo clavado en las pasiones que me quitan el aire. El abandono de la mujer amada será temporario pues es circular el itinerario que describo con mi sangre. Será inevitable entonces mi regreso a sus brazos y besar la descendencia aparentemente abandonada.

La primera señal la obtuve después de cabalgar por tierras selváticas y arribar a Isadora, allí como forastero, estando indeciso entre dos mujeres, apareció una tercera. Hay bellezas que hieren con estacas de felicidad a la existencia, dan muerte al espíritu y no queda otro remedio que admirar sin ya ser nada. Al girar la cara vi su silueta espigada en una ventana y descubrí que no hay mejor manera que una mirada directo a los ojos para acabar con las cataratas que nublan el erótico cristalino. En otra ocasión ella se bañaba en un estanque de un jardín de Anastasia, me invitó a desvestirme y perseguirla en el agua. Al llegar a Zobeida pude ver a la mujer fundante de aquella ciudad correr de noche, de espaldas, desnuda y con el pelo largo. Aún la persigo en mis sueños. En Ipazia una hermosa mujer morena montada a caballo, con los muslos desnudos y la caña de las botas sobre las pantorrillas, me tumbó sobre un montón de heno y me apretó con duros pezones. Otras me han enamorado con sus cantos, algunas arqueadas bajo duchas suspendidas sobre el vacío, todas fueron mujeres descomunales, tejedoras, parlanchinas, trapecistas en el amor. Cuando la belleza estalla en los ojos, hay que cerrarlos para liberar los sentidos que despierta la ceguera. ¿Cómo puede reunirse tanta belleza concentrada en una sola imagen? Me he sentido dichoso de recibir sus amores tal cual un joven toro que guarda en su gaveta secreta todo el esperma del cosmos.

Estoy sintetizando en mi mente lo mejor de cada ciudad, lo mejor de cada mujer, anoto en mi devenir todas las riquezas descartando lo obvio e inservible. Sé que voy detrás de la ciudad utópica que contenga al imposible amor que refresque de estremecimientos el alma y, aunque intuyo que todavía no existe, me es imposible dejar de crearla. Tampoco es inocente que cada ciudad tenga el nombre de una mujer. Llevo siglos construyendo el genuino espacio que contenga la luz y la sombra para alcanzar la deshojada perfección. Sin tus pétalos Ítalo, me hubiera sido imposible edificar estos sueños.

Estamos condenados a repetir las innumerables obras poéticas escritas, imitar los múltiples espejos que no han perdido aún su inmortal brillo. Camino por el desierto con mis últimas fuerzas. Lo sé, detrás de las colinas rosadas de este planeta que aún gira está la ciudad invisible que alojará mi ser por toda la eternidad, ahí están ellas, la única mujer que amo, y mis hijos, esperándome.

 

*Sobre “Las ciudades invisibles” de Ítalo Calvino.

 copyrigth©marcelofagiano

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