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Poema: El cementerio marino de Paul Válery

 

Paul Válery (Francia, 1871 - 1945)

 

EL CEMENTERIO MARINO

Paul Válery

Traducción: Óscar Vera

 

Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal,

pero agota el campo de lo posible.

Píndaro, Pítica III

 

Este tranquilo techo de palomas

entre pinos palpita, y entre tumbas;

¡allí el Sol justo irisa con sus fuegos

el mar, el mar que siempre recomienza!

¡Recompensa después de un pensamiento

es contemplar la calma de los dioses!

 

¡Puro esfuerzo de luz consume

tantos diamantes de invisible espuma,

y cuánta paz parece concebirse!

Cuando sobre el abismo un sol descansa

trabajos puros de una eterna causa,

refulge el Tiempo, y el Sueño es saber.

 

Tesoro estable, Templo de Minerva,

masa de calma y visible reserva,

Agua intranquila, Ojo que en ti guardas

bajo un velo de llama tanto sueño,

¡oh mi silencio!... Edificio en el alma,

tejido de oro de mil tejas, ¡Techo!

 

Templo del Tiempo, tiempo de un suspiro,

a tu pureza asciendo y me acostumbro;

mi mirada marina me circunda,

y el centellar sereno disemina,

como a los dioses mi suprema ofrenda,

en la altura de un desdén soberano.

 

Como la fruta se diluye en goce,

como cambia su ausencia por deleite

en una boca en que su forma muere,

aspiro aquí mi emanación futura,

y el cielo canta al alma consumida

el cambio de las playas en rumor.

 

Seguro cielo, ¡mírame cambiante!

Después de tanta extraña y poderosa

ociosidad, después de tanto orgullo,

a este brillante espacio me abandono;

sobre las tumbas mi ágil sombra pasa

y me encadena a su movible afán.

 

Desnuda el alma al fuego del solsticio,

admirable justicia refulgente,

luz de armas desplazadas, ¡te sostengo!

Pura te vuelvo a tu lugar primero,

¡mírate!... Pero devolver la luz

supone en sombra una obscura mitad.

 

Para mí, sólo a mí, sólo en mí, cerca

de un corazón, del verso en el origen,

entre el vacío y el suceso puro,

de mi grandeza interna ¾umbría, amarga

y sonora cisterna ¾ el eco espero

que haga en el alma un hueco son futuro.

 

Sabes, falso cautivo del follaje,

golfo que muerdes estas flacas rejas,

a mis ojos secretos deslumbrantes

¿qué cuerpo a su fin lento me convida,

qué frente hacia este osario lo encamina?

Allí una chispa piensa en mis ausentes.

 

Lleno de un fuego sin materia, hermético,

fragmento terrenal bajo la luz,

grato lugar, de antorchas dominado,

compuesto de oro y piedra y frescos árboles,

mármol temblando sobre tantas sombras,

aquí duerme el mar fiel sobre mis tumbas.

 

¡Perro espléndido, aparta a los profanos!

Cuando con pastoril sonrisa, solo,

apaciento corderos misteriosos

y blancos, el rebaño de mis tumbas,

¡aleja de él las prudentes palomas,

los sueños vanos, los curiosos ángeles!

 

El porvenir aquí sólo es pereza.

Rasca el nítido insecto en el erial.

El aire, en quizás qué severa esencia,

todo recibe, ardido ya y deshecho…

Ancha y vasta es la vida, ebria de ausencia,

y dulce la amargura, y clara el alma.

 

Los muertos duermen bien bajo esta tierra

que los calienta y seca su misterio.

El Sol en lo alto, el Sol sin movimiento,

en sí se piensa y conviene a sí mismo…

Testa completa, círculo perfecto,

soy en tu esencia el escondido cambio.

 

¡Yo, sólo yo contengo tus temores!

Mis flaquezas, mis dudas, mis violencias

son el defecto de tu gran diamante…

Pero en su noche grávida de mármoles,

un vago pueblo oculto entre raíces

lentamente por ti se ha decidido.

 

Se han diluido en una ausencia espesa;

roja arcilla bebió su blanca especie,

¡a las flores pasó su don de vida!

De los muertos, ¿do están las frases intimas,

el arte personal, las almas únicas?

Donde brotaba el llanto, larvas hilan.

 

Grito agudo de vírgenes urgida,

ojos y dientes, párpados mojados,

lindos senos que juega con el fuego,

sangre que brilla en labios que se rinden,

dones postreros, dedos que los niegan,

¡todo bajo la tierra se incorpora!

 

Y tú, gran alma, ¿aún un sueño esperas

que ya no tenga el color de mentira

que el mar y el oro aquí a los ojos lucen?

¿Cantarás cuando seas vaporosa?

¡Todo huye! ¡Bah! Porosa es mi presencia,

y la santa impaciencia también muere.

 

¡Pobre inmortalidad, negra y dorada,

consoladora horrible y laureada

que halla en la muerte un seno maternal,

mentira hermosa y compasiva astucia!

¡Quién no conocer, y quién no los rechaza,

tu cráneo hueco con su risa eterna!

 

Padres profundos, huesos solitarios

que soportando tantas paletadas

ya sois la tierra bajo nuestros pasos,

el roedor gusano irrefutable

no es para los que estáis bajo la losa;

vive de vida, y está siempre en mí.

 

¿Amor, quizás, u odio de mí mismo?

¡Tan cerca está de mí su diente oculto

que todo nombre puede convenirle!

¡Qué importa! Toca, anhela, sueña, ve,

quiere mi carne, y aun sobre mi lecho

yo vivo porque soy de este viviente.

 

¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!

¿Me atravesaste con tu flecha alada

que vibra y vuela, pero nunca vuela?

¡El son me engendra y mátame la flecha!

¡Qué sombra de tortuga para el alma,

inerte Aquiles caminando, ah, el Sol!...

 

¡No, no!... ¡De pie! ¡A la era sucesiva!

¡Rompe esa forma pensativa, oh cuerpo!

¡Bebe, seno, el origen de los vientos!

Exhalada del mar, una frescura

mi alma me devuelve … Dios salobre,

¡a revivir corramos a tus aguas!

 

Si, inmenso mar de delirios dotados,

piel de pantera y clámide en jirones

por millares de ídolos del sol,

ebria de carne azul, hidra absoluta

que te muerdes la cola deslumbrante

en un tumulto idéntico al silencio,

 

¡hay que intentar vivir!... ¡El viento se alza!

¡Abre y cierra mi libro el aire inmenso

y la ola en polvo de las rocas brota!

¡Páginas deslumbradas, id al viento!

¡Romped, olas! ¡Romped, aguas gozosas,

este tranquilo techo de los foques!     

 

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