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| Rubén Valle (Argentina, 1966) |
Ante la inquietante pregunta del poeta argentino, Rolando Revagliatti:
¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?
RUBÉN VALLE
responde...
Al escritor se le pide que sea un personaje, que de mirar pase a ser mirado, escrutado por el gran hermano del ojo ajeno. Cazador cazado. Nada más tentador que dejar el yugo de imaginar y ser imaginado. De crear y ser creado. Y mucho más poder elegir qué máscara nos ponemos; cuan Cyranos podemos ser de nosotros mismos. Por un rato dejamos de ser esos cómodos voyeurs para quedar en la mira del otro. La invitación no es cruzar por el agujero de Alicia sino cavar el propio y caer a la historia que más nos plazca.
Perderse en el universo de un artista a elección es una consigna tan tentadora como desproporcionada porque, lo digo y no lo repito, son tantos esos universos, esos artistas que me conmovieron, que lo más cercano a su síntesis sería un Frankenstein bien parecido.
Se me ocurren unas cuantas opciones como parte de un ejercicio lúdico que, no por serlo minimiza el impacto de estar ahí donde alguna vez estuve, pero en esa ocasión como un feliz lector (valga el adjetivo feliz por asombrado, conmovido, extasiado, perturbado, etc).
Se trata de cruzar al otro lado del espejo. Probarse otro cuerpo, otra piel. “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas”, dice Jorge Luis, y esta vez soy yo quien puede decir que es mi otro yo -el convocado por Revagliatti- quien hace lo que hace o deshace lo que deshace.
Elipsis, señor director. Bien, estoy en el barrio de Villa Santa Rita, más precisamente en el Salón de Julia. No soy uno más, otro borracho acodado en la barra. Tampoco el que escribe. Soy Francisco Real, el hombre de la esquina rosada. Más conocido como El Corralero. Tengo entre ceja y ceja al “Pegador” Rosendo Juárez. Mi valentía y mi destreza con el cuchillo harán lo suyo y Borges, el resto.
Puede que en días de capa caída sea la encarnación de Aballay, la criatura de Antonio Di Benedetto que puesto a pagar una culpa tan grande decide ya nunca bajar de su caballo. Hombre de pocas pulgas, mentado ladrón y asesino, Aballay deviene penitente dispuesto a dar la vida para menguar su deuda con el niño al que le quitó su padre. Si el caballo se va de aquí, yo también.
Como cualquier hijo de vecino, aceptaría - y gratis - ser un extra más en la Divina Comedia (en lo posible, en algún cameo en los nueve cielos del Paraíso), pero puesto a elegir arbitrariamente, estaría feliz con solo subirme al micro spinetteano del Capitán Beto o quedarme a observar el mar al lado del ciego que habita en Los libros de la buena memoria.
Volviendo a las calles, no dudaría en atravesar una noche en la tierra a bordo del taxi de Jim Jarmusch con Winona Ryder al volante y la música de fondo de Tom Waits. Y después que ese taxi, sí o sí, termine en la casa del mismísimo Tom para un karaoke compartido hasta que amanezca (que no es poco).
Ya que este desafío es lo suficientemente disruptivo, me permito un último viaje asincrónico para sumarme al inefable mundo de Mafalda y ser uno más de sus amigos del barrio. Veo veo a Rubencito tomando la mediatarde con Manolito, Felipe, Susanita, Miguelito y Libertad. Lo veo leyendo un libro que en lugar de fin dice continuará... Y eso, como corresponde, también será ficción.
copyrigth©rubénvalle

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