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| La madre tierra al desnudo de Alexandre Hogue (USA, 1898 - 1994) |
La Isla
Inquieta se encuentra estremecida por la situación que hoy día vive Venezuela. Dos
terremotos devastadores movieron el piso de millones de personas. A cada
instante llegan noticias de familiares, amigos, conocidos que se encuentran desaparecidos.
A cada momento aumentan las cifras de muertos y heridos, de familias devastadas,
arruinadas, desatendidas, vulnerables ante la indolencia.
La naturaleza ha hecho lo suyo, pero la voluntad
de los que dirigen el país ha venido haciendo su parte desde hace más de veinte años, desgastando la razón espiritual que mueve y ha movido al pueblo.
El país ha venido sufriendo un deterioro profundo
de su espiritualidad. La gobernanza se ha ocupado de tratar de dominar, con
terrible impaciencia, el espíritu indómito de cada Marcos Vargas que hay en
cada uno de los venezolanos y venezolanas. Pero hoy, en medio del dolor y de la
angustia por el impacto que deja el hecho de que “el piso se mueva”, los
venezolanos han demostrado que aun llevan dentro de sí mismo el ser que se
enfrenta a la naturaleza sin miedo, y por encima de todos los obstáculos gestionados
desde el poder.
Dos fuerzas destructivas y terribles enfrentan el
día de hoy Venezuela: la fuerza natural e implacable que no pregunta cuándo
actuar, y la fuerza desmedida de la inconsciencia y del mal reflejado en el uso y abuso del poder. Una hay que dejarla que actúe, ella se detendrá en algún momento; pero
la otra, sólo puede ser detenida por la voluntad espiritual de un pueblo.
Aquí, desde La Isla Inquieta, se envía un abrazo
muy grande a cada una de las familias venezolanas. A todas por igual, con la
esperanza de que ese espíritu indomable oriente la reconstrucción de un país
con mejores nociones civilizatorias.
De: Philippe Jaccottet, de su libro El ignorante,
precisamente del poema Vestigio, dejo este poema:
En las calles de una
ciudad en la que sólo habito como imagen
la niebla construye la
noche con pasajes efímeros
que toman los fantasmas
con aspectos de irse lejos
a llevar el leve vaho que
nace del secreto del corazón.
Sin embargo, por muy
torpe que sea siempre el solitario,
me obstino en espiar las
figuras de la luz.
Si era precisamente
porque la piedra no sabe mantenerse,
porque en la puerta de
los bares el viento brinca como un perro,
porque ataca a las hojas,
a las ventanas mal cerradas,
por lo que yo iba a
superarte al fin, tras la fuerza arruinada,
fragilidad extrema que no
has cesado de huir de mi:
si iba a atraparte en tu
abrigo de cuero…
Sabiendo que los muros
más altos son alianzas de polvo,
que el jaleo de los café
y sus columnas de vidrio
se tambalean en cuanto
los tocan las bocinas de la mañana,
sabiendo que si subo a
los belvederes suburbanos
la ciudad no será ya sino
un poco de brasas humeantes,
no acogeré más esas
figuras aterradoras
y seguiré caminando
aunque ya sea invierno
y el río se haya llevado
los últimos recuerdos de ayer…
Habitaré sin temblar
tanto las fortalezas de arena
pues ya sólo deseo algo
inalcanzable,
esa palabra dicha en un
soplo a la boca que espera
y esa bruma un instante
tan sólo en el astro de ojos ardientes…