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| Jaqueline Sellan Bodin (Chile, 1957) |
Jaqueline Sellan Bodin
El hijo
“Pues lo bello no es sino el comienzo de lo terrible.”
Rainer Maria Rilke.
Durante los diecisiete años que duró su convivencia con el muchacho, salía todos los días de compras y regaba el antejardín, salvo durante la época de lluvias, que era la más larga.
Nadie veía nada extraño en su comportamiento, nada que hiciera sospechar que ocurría algo siniestro en ese hogar.
El hijo llenaba sus días y parecía no necesitar de nada más.
El marido, una especie de apéndice social y sobre todo económico, no sabía (o fingía no saber) lo que ocurría, pues se lo pasaba casi todo el día fuera de casa y cuando llegaba, los hijos ya estaban dormidos.
Sí, digo bien, los hijos, aunque para ella siempre hubo sólo uno.
El hijo.
La hija, que había nacido junto con el niño, era una especie de impedimenta, algo que traía él como secuela, como si fuera una sombra o un desecho del mismo parto.
El hijo se había llevado todos los genes, al parecer, y a la hermana melliza sólo le habían quedado las sobras, por decirlo de algún modo, por eso había salido con un solo ojo, la boca torcida, todo el lado izquierdo aplanado y hasta cóncavo, un solo brazo, una pierna.
Y aun esos retazos eran exiguos, mezquinos, inservibles para el uso que debían tener.
No quiso alimentarla, y se hubiera muerto si no fuera porque sus tías, hermanas del padre, se habían compadecido y le daban el biberón de vez en cuando, en los momentos libres que tenían. Sin embargo, poco a poco se fueron desligando de esa responsabilidad autoimpuesta, hasta que terminaron por olvidarla, quizás involuntariamente.
Nadie del vecindario la vio nunca, porque la mantenía oculta en un trastero al fondo de la vivienda.
Aunque jamás el hermano supo de su existencia, había entre ambos una rara conexión.
Al principio, por simple odiosidad, dejaba a la niña pasar hambre, pero entonces el hijo comía de manera compulsiva y nada lo podía saciar.
Cuando el hijo hacía alguna travesura, la madre cogía una larga vara de sauce y golpeaba a la niña hasta hacerla sangrar. De su garganta sin cuerdas vocales salía un siseo ronco que no era escuchado fuera de esas cuatro paredes, pero en esos momentos el niño se ovillaba tapándose los oídos, llorando desconsolado.
Entonces optó por atiborrarla de comida e ignorarla en todo lo demás.
Trataba de olvidarla el mayor tiempo posible. Hasta le parecía haberse resignado.
Pero la frustración y el resentimiento se acumulaban, insidiosos, en su interior, del mismo modo que las inmundicias en el cuarto de esa “cosa”, como la nombraba su pensamiento, que sus entrañas traicioneras habían sido capaces de concebir.
Hora tras hora, se hacinaban rebullendo como aguas barrosas y furibundas. Se agolpaban contra la superficie de su aparente calma. Hasta que un día se abrieron las compuertas de esa marejada lóbrega que la invadía.
Fue durante la celebración de su decimoséptimo cumpleaños.
Y mientras su adorado hijo comía pastel en el comedor rodeado de sus amigos, ella se deslizó hacia la parte trasera de la casa, entró en la semioscuridad de ese cuarto lleno de inmundicias y le aplicó una piel de oveja sobre la cara para asfixiarla.
Mientras la hija sufría las últimas convulsiones de la agonía, un ruido de voces y gritos espantados en el comedor la arrancó, demasiado tarde, de su brutal trance.
Corrió por el pasillo hasta la pieza iluminada y adornada con globos y serpentinas.
De bruces sobre la mesa, ahogado con su propio pastel, estaba su hijo, su querido hijo, muriendo al mismo tiempo que la detestada gemela.

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