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| Vladimir Nabokov (Rusia, 1899 - Suiza, 1977) |
Vladimir Nabokov
Vladimir Nabokov
POEMAS DESDE EL EXILIO
I
RUSIA
¿Qué me importa si te llaman esclava,
mercenaria o simplemente loca?
Brillas…y al mirarte recuerdo la felicidad.
Estos rayos no se ocultarán.
Estabas en mi pasión, en los solemnes sufrimientos,
y en las pausadas miradas femeninas.
En los campos iluminados, fríos y virginales,
nacías con el azul de las flores.
En otoño acompañabas a los llorosos bosquecillos,
en la primavera besabas mis pestañas.
En las sofocantes iglesias repetías con el diácono
las vacías palabras del oficio.
En verano, deslumbrabas con los relámpagos tras los trigales;
en invierno yo veía tu imagen en la escarcha.
Por las noches te inclinabas conmigo sobre las páginas
de los poderosos y musicales libros.
Fuiste y serás. Misteriosamente he sido creado
del brillo y de la bruma de tus nubes.
Cuando la noche sobre mí se baña en estrellas,
escucho tu flameante llamada.
Estás en el corazón, Rusia. Eres el principio y el fin,
estás en el latir de la sangre, en la turbación de los sueños.
¿Y acaso me perderé yo en este siglo sin caminos?
Como siempre me iluminas tú.
Crimea, 1918
II
LA ÚLTIMA CENA
Hora de meditación de la austera cena,
de las profecías de la traición y la separación.
La perla nocturna ilumina
los pétalos de adelfas.
Se reclinaba apóstol sobre apóstol.
– Cristo tiene las manos plateadas –
Con su claridad rezan las velas y por la mesa
se arrastran las mariposas nocturnas.
Crimea, 1918
III
HABITACIÓN DE HOTEL
No es ni una cama ni un banco.
El empapelado amarillo sombrío.
Dos sillas. Un espejo torcido.
Entramos – yo y mi sombra.
Abrimos la ventana con ruido:
un reflejo de luz se desprende hasta el suelo.
Noche exánime. Los perros a lo lejos
rompen el silencio con sus variados ladridos.
Me quedo parado ante la ventana,
y en el cáliz negro del firmamento,
como una gota dorada de miel,
dulcemente brilla la luna.
Sebastopol, 1919
IV
* * *
Estarás conmigo más sencilla y transparente:
sólo me quedas tú.
La casa se ha quemado y derribados los bosquecillos,
donde se ensombrecía mi primavera,
donde los abedules soñaban y el pájaro carpintero
picoteaba en los troncos… Perdí a mi amigo
en la batalla irreparable
y después perdía a mi patria.
Yo flotaba en los sueños con los fantasmas,
en la realidad fornicaba con las pecadoras;
en las montañas disipé mis fantasías
y en los mares perdí las canciones.
Ahora estoy predestinado a sufrir
por el pasado y junto a tu fuego.
Serás más tierna, serás más sincera. Recuerda,
sólo me quedas tú.
12 – 11 – 19
V
JUNTO A LA CHIMENEA
Noche. Con un fino ruido escamoso
las florecientes brasas
abren en la chimenea sombría
sus pétalos de fuego.
Y contemplo, apretando mis sienes.
Los ojos dorados de las ascuas,
y miro, comprendiendo con sorpresa
la voz de mis primeros versos.
Al calor invisible de los Serafines,
reviven las palabras, como las flores:
entiendo poco a poco los signos
de la belleza que me inspiran;
resucito todo lo que he vivido,
lo que por un momento me conmovió:
un tronco de pino ardiendo, enrojecido
en el anochecer de un día de julio…
13 – 3 – 20
VI
* * *
Dedicado a mi madre
Dices a la gente: llegó el momento.
Mañana salgo de viaje.
(Palomas. La hospedería.
Una oxidada tablilla: Rus.)
Dices a Dios: estoy en casa.
(El cementerio. El puente. La curva.)
Habrá un viejo desconocido
en el lugar del roblecillo de la puerta.
Cambridge, 3 – 5 – 20
VII
POSTES TELEGRÁFICOS
De los monótonos postes al borde del camino
los cascabeles de porcelana y seis
ululantes cuerdas.
Resbalan unas tras otras las noticias –
el ruido de infinitas voces, inquietas
y quejumbrosas, se deslizan de un lugar a otro.
Y tú, en los pálidos aledaños del camino,
tú, peregrino, tostado por el sol, descalzo,
retarda el paso y párate con el viento,
escuchando como flota la música.
Zumba y zumba la melancolía de las llanuras,
y cada poste deja caer su larga sombra,
el camino es largo, y tú estás solo…
11 – 5 – 20
VIII
* * *
¡En cautiverio estoy, en cautiverio, en cautiverio!
Sobre el polvoriento antepecho de mi ventana
están las huellas de mis codos. Delante de mí,
una casa se ensombrece. Por un enorme dolor
estoy extenuado… Sobre el tejado, a la espalda
del gótico monstruo desnudo,
como una paloma blanca, duerme La media luna... Estoy
tan triste, tan triste… Contra quién luchar –
no sé. Dios mío. Y a quien ayudar –
no sé tampoco… Se derrama, se derrama la noche
(¡Oh, qué sola estás, dulzura!);
dos voces se esparcen a lo lejos;
la calima de la luna se vierte en las paredes;
dos enamorados se abrazaban en la niebla…
Sí, sobre ellos nos cuentan
los organillos de descolorido recuerdo
y los corazones susurrantes de los libros antiguos.
Enamorados. Entraron en mi callejón
estrecho. Por un instante me pareció
que, bajito, hablaban en ruso.
Cambridge, 31 – 5 – 20
IX
GOLONDRINAS
Cariñoso monje, nosotras
volamos sobre tu monasterio,
y sobre el lago brillante
como plata azulada.
Nos iremos mañana, querido,
en el amanecer soñoliento de septiembre.
En Zaregrad – estaremos al anochecer,
y en Nazareth – al amanecer.
Pero volvemos al norte en abril
y entonces tú, monje enflaquecido,
estarás arrancando el primer muguete
que crece junto a tu puerta;
y no comprendiendo las palabras
pequeñas y ruidosas de los pájaros,
tú nos ve sobre las cruces
de las cúpulas azul turquesa.
10 – 6 – 20
X
ASÍ SERÁ
Con tu canoso perro, que antes
se reía a su manera, mirándome a los ojos,
bajarás en la noche, y la luna, como una lágrima,
se derramará en las flores del último atardecer.
Sobre el libro, en la iluminada blancura nocturnas,
inclina la cabeza, inclina los recuerdos,
acoge, comprende los versos, meditados por mí
en un muelle lejano, bajo la noche estrellada del exilio.
Estarás abatida adivinando
qué susurrante sombra afligía al poeta.
Recordarás los recientes y dulces años,
el bosque dorado y nuestros encuentros junto al arroyo.
Y sonreirás enigmática, y te sentarás
en el musgoso banco en el bosque al caer el día,
y con una brillante rama de aliso acariciarás
al viejo perro, que ya se olvidó de mí.
Cambridge, 11 – 6 – 20
XI
* * *
Yo sin lágrimas
no puedo verte, primavera.
Aquí estoy en el prado,
y lloro con profundo sollozo.
Y tú andas a mi alrededor,
reverdeciendo, susurrando…
¡Ah, de dónde viene,
esta ardiendo tristeza!
Yo mismo no lo entiendo;
sólo sé una cosa:
si de pronto la oropéndola
campanilleara en el bosque,
si de pronto en mis ojos brillara
un muguete mojado,
en ese instante, en el prado,
me moriría, primavera …
1920
XII
EN EL PARAÍSO
¡Hola muerte! – y el acompañante alado,
explicándome, me lleva al paraíso,
pero de repente, verde, picudo,
aparece ante mí un tierno bosquecillo.
Y mudo, en mis radiantes vestiduras,
me lanzaré al bosque y encontraré en él
mi antigua casa terrestre, y como antaño
la puerta romperá a llorar, cuando yo entre.
Hay una nube de vilanos de abril
en mi celeste ventanita,
el sofá de abedul de carelia,
y una familia de mariposas nocturnas bajo el cristal.
Seré de nuevo un poeta terrestre:
en la mesa, un cuaderno abierto…
Si a Dios le cuentan todo esto
Él no me haría ningún reproche.
Cambridge, 1920
XIII
* * *
¿Quién me conducirá
por los baches a casa,
cerca de los grises pantanos
y de los ondulantes trigales?
¿Quién me señalará con la fusta,
volviéndose hacia mí,
entre los abedules y acerolos
la casa reverdecida?
¿Quién me abrirá la puerta?
¿Quién llorará en el zaguán?
Pero ahora – ahora mismo –
¿habrá alguien allí,
que pueda de repente percibir
que por tierras lejanas,
yo ando errante, y canto
al pasado bajo la luna?
Berlín 1921
XIV
* * *
Soñaba contigo tan a menudo, hace tanto tiempo,
mucho años antes de nuestro encuentro,
cuando me sentaba solo y la noche se colaba por la ventana,
y las velas me hacían guiños.
Y hojeaba los libros sobre el amor, sobre la calina en el Neva,
sobre la ternura de las rosas
y el brumoso mar, y reconocía tu imagen
en los versos apasionados y puros.
Los días de mi juventud, embriagadores sueños terrenales,
esos instantes mágicos – sonoros me parecían
tan lamentables, como las moscas que se arrastraban
por el hule, en el brillo ambarino.
Te llamaba y esperaba. Pasaron los años. Yo vagaba
por el declive rocoso de la vida
y en las amargas horas, encontraba tu imagen
en los versos apasionados y puros.
Y ahora, en realidad, has llegado tú, vaporosa,
y recuerdo superticiosamente
cómo las infinitas imágenes de un espejo
te adivinaron con exactitud.
6 – 7 – 21
XV
* * *
De una mirada, un murmullo, una sonrisa
en lo más profundo del alma, a veces,
se inflama una luz temblorosa,
y surge una enorme estrella.
Y vivir no avergüenza ni atormenta,
se aprende el valor de cada instante
y sólo una palabra bastaría,
para explicar todo el universo.
Grunevald, 31 – 7 – 21
XVI
A CASA
¡A la hacienda, queridos! El cochero
con las riendas espantará los tábanos,
y - ¡vayan con Dios! – La alondra se hunde
en el intenso cielo, y el mundo, espléndido,
fresco y luminoso, ha sido lavado
por el reciente aguacero: qué felicidad,
qué fragancia. ¿Qué presagiar?
Todo está claro, muy claro; descubro
todos los secretos de la felicidad; aquí están
el brillo liliáceo del húmedo camino;
a un lado, ya un arbusto de alisio,
ya un sauce; la mancha reluciente
de una hacienda lejana; bosquecillos, trigales
y entre las espigas, las aldizas;
verdes colinas; un meandro indolente
de limoso río tan conocido.
¡Más rápido, queridos! Retumba
el puente bajo los cascos. ¡Más rápido!
Y el corazón se desboca, el corazón desea
volar y adelantar a los caballos.
¡Oh, los rumores, llenos de leyendas!
Más árboles, mi viento
y las lágrimas maravillosas, y una palabra
extraordinaria: ¡a casa!
(1917 – 1922)
XVII
MARIPOSA
(Vanessa Antiopa)
Negro – aterciopelada, con cálidos reflejos de ciruela madura,
una mariposa se ha abierto; entre este terciopelo vivo
dulcemente brilla una línea de granos azul – aldiza
rodeada de flecos, amarillos, como el ondulante centeno.
Se ha posado en el tronco y las dentadas alas tiernas respiran,
ya apretándose hacia la corteza, ya abriéndose hacia los rayos…
¡Oh, cómo se alborozan! ¡qué divinamente tiemblan! Dices:
entre dos amaneceres de color pálido, una noche de ojos azules.
¡Hola! ¡Ah, hola, ensueño de un bosque de abedules del norte!
El temblor y la risa y el amor de mi eterna juventud.
Sí, yo te reconoceré en los Serafines en la maravillosa cita,
reconoceré tus alas y este sagrado arabesco.
(1917 – 1922)
XVIII
¿SABES CUÁL ES MI FE?
¿Escuchas la oropéndola en mi corazón susurrante?
Amo las nubes de la primavera azul,
el divino azúcar sobre la patena que resplandece;
y amo como chorrea la lluvia en el otoño,
y el barro multicolor bajo los arces.
Existen ocasos en los que se desearía llorar,
y otros a los que susurras: espera.
Si amas el viento y las húmedas ramas,
las Divinas estrellas y los Divinos animales,
y si ves en la dulce palabra «Rusia»
sólo la lejanía, la lluvia dorada, inclinándose
y entre el trigo el azul de los ancianos, -
yo te amaré, como amo al grandioso,
al espléndido ruido de los bosques, y a los ocasos,
y a los nubarrones, y a los peludos gusanos de colores;
te amaré porque tú me haces ver
cada grano de polvo en los rayos de la existencia,
le dices al sol agradezco que brilles.
Ésta es toda mi fe.
1922
XIX
PASCUA
A la muerte de mi padre
Veo una nube resplandeciente, el tejado,
brillando a lo lejos como un espejo... Escucho,
como respira la sombra y como gotea la luz…
¿Es posible que tú ya no estés? Has muerto, pero hoy
azulea el húmedo mundo, se acerca la primavera del Señor
que crece e invita… Y tú no estás.
Pero si todos los arroyos de nuevo cantan sobre el milagro,
si el repique, el oro de las gotas de agua
no es una deslumbrante mentira,
sino la temblorosa llamada, el más dulce «resucita»,
el grandioso «florece», - entonces, en esta canción,
en este brillo, ¡tú vives!
1922
XX
SETAS
A la entrada del parque, en las sombras de los días de verano
un banco brilla esperando a alguien.
En la mesita de hierro delante de él
las setas están colocadas para contarlas.
Los pequeñitos, boletos castaño –
como los dedos del pie de un crío
De sus oscuras cunas, una cuidadosa mano
los ha cogido, a lo largo del camino.
Y las setas roja: con agujas, con mocos
en sus sombreros curvos y agujereados;
ellas crecen en la lóbrega humedad,
bajo los jóvenes abetos, en las zanjas.
Y la fila de pardos hongos de los abedules
tan familiares, fragantes, musgosas
las lágrimas del bosque veraniego relucen
en las pintas negras de sus pentáculos.
Pero en el brillante banco – fíjate –
un cesto de mimbre está volcado
y por dentro, está todo él manchado
del zumo lila de los arándanos.
XXI
FINIS
No hay que llorar. Ves, allí – una estrella,
allí – sobre el follaje, a la derecha. ¡Ah, no llores,
te lo ruego! ¿Por dónde iba? Sí, -
por esa estrella sobre la oscuridad del jardín;
en ella viven, quizás… Pero ¡qué te pasa,
otra vez! Mírame, yo estoy muy tranquilo,
absolutamente… Escucha lo siguiente: era un día caluroso,
nosotros íbamos a las colinas, donde las flores rojas...
Pero no. ¿De qué estaba yo hablando? Hay una palabra:
amor, - un verbo perdido: amar… Estas flores
me han estorbado. Tú
debes perdonarme. Pero bueno – otra vez lloras.
¡No son necesarias las lágrimas! ¡Ah! ¿quién nos tortura así?
No hay que recordar, nada es necesario...
Allí fuera – hay una estrella sobre la oscuridad del jardín...
Dime: ¿y si ahora de repente nos despertáramos?
9 – 1 – 23
XXII
SUEÑO
Sabes, sabes, en un síncope – borracho
soñé que en el abismo de la ventana
se elevaba, como una calavera gigante,
de marfil, la luna redonda.
Soñé que en la cama, de través
curvado bajo las sábanas, encabritadas
y tapando con sus crines toda la almohada,
reposaba un caballo negro – satinado.
Y en lo alto – el reloj de la pared, con su pálida
pálida cara de persona,
movía su péndulo de cobre,
arañándome el corazón con su punta.
Mi libro de oniromancia ignora este sueño
enmudeció, sosegado ante la desgracia,
mi libro de sueños, con el separador de anciano
en la página que leíamos juntos.
15 – 1 – 23
XXIII
***
Un día. floreciente y volátil, tras otro,
desaparece en la noche, cuando ya ha muerto
su gigantesco reinado, el helecho
impenetrable, de mi felicidad.
Pero guardados, bajo la tierra despreocupada,
en cada recóndito estrato del corazón
se hallan los fósiles eternos en forma de abanico,
el fantasma de la libélula, el arabesco de la hoja.
24 – 1 – 23
XXIV
HOMENAJE A GUMILEV
Orgulloso y clarividente has muerto, muerto como la Musa, enseñó.
Ahora, en la calma del Elíseo, habla contigo de Pedro el jinete
de bronce, y de los salvajes vientos africanos – Pushkin.
19 – 03 – 23
XXV
A MI PATRIA
Dedicado a mi hermana Elena
A mi alrededor se derrama, cálida,
– extranjera – la sexta primavera.
Mi alma sencilla todavía te espera
adivinándote junto a la ventana del este.
Permíteme recordar el doloroso frescor
de los verdes muguetes, cuando
tu luminoso bosque flota, como un sueño ruidoso
y el viento es como el agua temblorosa.
Permíteme vivir, buscar al Creador en su obra,
buscar la maravilla de la rima y del amor.
No me reproches, en la hora del difícil entusiasmo
que recuerde tus verdes muguete.
El abril extranjero me es dulce como tu sombra.
Mi alma te llama agitadamente,
llama el brillo de tu lluvia y al arco iris,
cuando todo el bosque flota y murmura.
Te elevarás con indecible claridad,
y nuestro encuentro será una creación silenciosa:
me inclinaré y te susurraré: este es mi sencillo regalo,
esta gota de sol en la corona de la poesía.
31 – 3 – 23
XXVI
***
Cuando yo, por la escalera de diamantes,
suba de la vida al umbral del paraíso,
en los hombros, ligeramente atado a un bastón,
llevaré un atillo remendado.
Reconoceré las llaves, el cinturón de piel,
la calva cobriza de San Pedro en la puerta.
Él se dará cuenta de que llevo algo conmigo
y me detendrá y no querrá abrirme.
«Apóstol, le diré, ¡déjame entrar…!
Delante de él, desataré mi Atillo.
dos o tres puestas de sol, un nombre de mujer
y un oscuro puñado de mi tierra natal…
Él, severamente, levantará una ceja canosa,
pero en la palma de su mano, cada pliegue
huele todavía al rocío de Getsemaní,
a las escamas de los peces del Jordán.
Y por eso, sin miedo, sin tristeza,
yo iré, sabiendo que, sonreirá
y me abrirá la puerta, tintineando sus llaves
y entraré al paraíso con mi atillo.
XXVII
ENCUENTRO
«En extraña
intimidad encadenado...»
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Tristeza, y misterio, y placer...
Como si de las tenebrosas tinieblas
de una lenta mascarada
en el borroso puentecillo, aparecieras tú.
La noche se extendía, y flotaban calladamente
en su corriente a terciopelada
El negro perfil de una máscara lobuna
y tus dientes tiernos.
Bajo los castaños, a lo largo del canal,
pasaste, haciendo señas de soslayo;
¿Qué reconoció mi alma en ti
qué tanto me conmoviste?
¿Acaso, en tu momentánea ternura
en él, instantáneo movimiento de tu hombro
reviví la difusa imagen
de otros encuentros irrepetibles?
¿Es posible que una romántica compasión
te hiciera comprender,
qué flecha estremecida
traspasó mis versos?
Yo no sé nada. Extrañamente
los versos palpitan y en ellos, la flecha…
¿Eras tú quizás esa persona anónima,
sincera y esperada?
Pero un resto de tristeza
enturbió nuestra hora estrellada.
La doble línea de tus ojos se volvió noche
tus ojos, sin brillo...
¿Para cuándo? ¿Para qué siglo? Lejos,
yo vago sin rumbo, prestando atención
al movimiento de las estrellas sobre nuestro encuentro...
Pero, y si tú fueras mi destino…
Tristeza, y misterio, y placer,
como una remota oración…
El alma todavía necesita errar,
Pero, y si tú fueras mi destino...
XXVIII
***
San Petersburgo – arabesco en la escarcha,
ex libris del demonio, quizás,
pero tan maravillosa... desapareciste, y ahora
no puedo comprenderte ni olvidarte.
Mi Pushkin en la pálida noche, en verano,
explicaba a su Olenina estos reflejos,
y en este canto se halla
la atravesada sombra de los días futuros.
Y ahora queda el balbuceo de los curiosos,
las cenizas, la desnudez, el roer de las ratas
en las bibliotecas de granito;
y tú desapareciste, San Petersburgo
y me entristece el verso de pómulo saliente
y enronquecido de la Musa borracha,
que, volando a través de la niebla,
llega a mí desde tus espaciosas plazas.
Berlín, 25 – 9 – 23
XXIX
VISIÓN
En los campos nevados a medianoche
soñé con la Madre de todos los abedules,
y alguien – moviendo la escarcha –
suavemente iba hacia ella, llevando algo.
Llevaba sobre el hombro, en su gran tristeza,
a mi Rusia, un ataúd de niño;
y bajo el abedul solitario
hacia el pálido polvo helado
se inclinó con estremecida claridad,
se inclinó, como el humo bajo el viento.
El ataúd con el liviano cuerpo fue enterrado
en la nieve pura y silenciosa.
Y todo el desierto níveo
rezaba, mirando hacia lo alto,
donde flotaban los nubarrones, rozando
con sus finos bordes a la luna.
Entre los brillos fríos de la luna
ya oscilaba, ya de pronto
se encorvaba el desnudo abedul,
y sus sombras aparecían en la nieve
allí sobre la tumba blanca;
se encogían, se enderezaban de pronto,
se quebraban sin esperanzas,
como si fueran las sombras de la Mano Divina.
Y se elevaba, y por la llanura
en la noche se alejaban para siempre
la imagen de Dios, la visión, la escarcha,
sin dejar ningún rastro…
1924
XXX
SAN PETERSBURGO
¡Ven a mí, borrosa Leila!
¡Vuelve, primavera desolada!
El jardín del palacio se abre
a los vendavales pálidos – verdosos.
Las águilas tiemblan por la orilla.
El Neva, perezosamente susurra,
cómo vuela el tiempo. La huella de su codo
dejó Pushkin en el granito.
Leila, cálmate, basta ya,
no llores, primavera de mi pasado.
Sobre la tablilla flotante – fíjate –
yace un pez azulado.
En el pálido cielo de la ciudad de Pedro – la calma,
hay una flotilla de atrevidas brumas,
y en los octogonales topes, todavía
permanece un polvo dorado.
Berlín, 26 – 5 – 24
XXXI
EL PAÍS DE LOS VERSOS
¡Dame la mano, para el camino! Entre los fascinantes planetas
encontraremos aquel donde no sean necesarias
las tareas cotidianas. Todo, desde el pan hasta las perlas
lo compra el sonido de singulares monedas.
Ni con el odio ni con las alas recortadas se accede
al reino de la felicidad, descubierto por la musa,
donde por una rima nos dan toda una cena
y por un buen soneto una casa entera.
Allí seremos libres y ricos…
Qué días. Qué agradables atardeceres.
Hervirán en la bruma los castellanos manantiales.
Y mirando en la noche los olivos lunares
en el país de los versos, donde los dioses son justos,
¡Cuánto echaremos de menos a la tierra!
1924
XXXII
A MI PAÍS NATAL
Las noches es dada para pensar y fumar,
y hablar contigo a través del humo.
Bien… Un ratón está royendo,
en la ventana veo muchas estrellas y tejados.
Palpo los huesos de mi pecho:
patria – estos huesos son tuyos.
Tu aire, que entró en mis pulmones,
yo te lo devuelvo con mis versos.
En la noche azul, la palma de mi mano ardiendo
protege tu cirio pascual.
Y las plantas de los pies añoran
tu tierra penetrante.
Así, todo mi cuerpo es sólo tu imagen,
y mi alma es como el cielo sobre el Neva.
Fumaré y me tenderé y me dormiré,
y sentiré tu primavera:
esquina de mi casa, roblecillo recordado,
y la arena peinada con los rastrillos.
1924
XXXIII
CUMBRE
Amo la montaña abrigada
por los negros bosques de abetos, porque
en la lobreguez montañosa del exilio
me siento más cerca de mi casa.
Cómo no reconocer tu denso follaje
y cómo es que no me he vuelto loco
al ver unas bayas de los pantanos,
azuleando en las veredas.
Cuanto más altos, oscuros y húmedos
serpentean los caminos, más claras son
las señales queridas de mi infancia,
las llanuras de mi tierra norteña.
¿Escalaremos así las laderas del paraíso
en la hora de la muerte,
encontrándonos por el camino
todo lo que en la vida elevó nuestro espíritu?
Suiza, 1925
XXXIV
CAMINANTE CON ABETO
En la blanca plaza el poeta
reprodujo tu silueta.
A casa, bajo un frío nada festivo,
llevabas un abeto negro.
Un abrigo ruso hasta los pies.
Y los chanclos crujiendo sobre la nieve.
Con el picudo abeto sobre la espalda
caminabas por la lisa altura,
tu figura es negra, encorvada, delgada,
y escondiendo la barba en el cuello,
vas por las nieves que no son nuestras,
con tu abetito alemán.
Y en tu óvalo poético
he pintado tu silueta.
1925
XXXV
SUEÑOS
Viajando, durmiendo en casas extrañas,
miro a mis compañeros de viaje,
y capto sus aburridos murmullos.
Yo exijo las nefastas señales:
quién verá su patria, quién no,
quién dormirá en tierra no rusa.
Si puede saberse. Porque a los peregrinos le son dados
sólo sueños sobre su patria, pero los sueños
no cambian nada.
Qué ocultar – A veces me ocurre que tengo
sueños felices: en uno, me dirijo
desde la estación a la hacienda,
no puedo sentarme, voy de pie
en un tarantás que traquea y reconozco
cada sacudida sobre los baches primaverales,
voy con la cabeza descubierta,
blanco, como tu pañuelo, y con el alma
demasiado llena para rezar.
Señor, yo exijo las señales:
quién verá su patria, quién no,
quién dormirá en tierra no rusa.
Si puede saberse. Un año vuela tras otro,
incluso para quien tiene fe y esperanza,
incluso a mí me frecuenta la tristeza.
Solamente el sueño consuela a veces.
Rusia no se divide en regiones y ciudades,
en distritos y en aldeas,
toda ella se divide en sueños,
entregados a los innumerables peregrinos
en el exilio, para sus largas noches.
1926
XXXVI
ANIVERSARIO
En esos días, si Dios quiere, de un lugar a otro
los ciudadanos presentirán la felicidad:
todo se cumplirá tal como nosotros, ante una taza de té,
quisimos presagiar en el exilio.
He aquí el último ser sobre la tierra,
el que recordará nuestra época,
por aquellos días en el ensordecedor banquete,
enloquecido de emoción y de vino,
temblando, débil, en su conmovedora vejez
subirá… Pero no, es demasiado viejo:
en alguna parte oculta sus rasgos de desterrado,
y nada recuerda el homenajeado.
Nosotros, poetas fugaces, vamos a dormir;
yo en particular; dormiré muy bien,
en la batalla me rozó un ángel casual,
y vuelvo de nuevo a mis cenizas natales.
Algún bibliófilo, presiento,
encuentra en revistas antiguas
que nadie necesita, impresas a ciegas
por cajistas extranjeros, multitud
de artículos, de versos, de sensibles novelas
sobre cuán querida era Rusia para nosotros,
cómo vivía Petrov, cómo peregrinó Ivanov,
y cómo amaba vuestro obediente esclavo.
Pero mi firma no lo advertirá:
todo está olvidado. Y, Musa, no hay mal en ello.
Vamos a vagabundear, vamos a asombrarnos como niños,
ante los rápidos trenes,
ante cada resplandor, ante cada cambio,
dejando que los tontos grandilocuentes
riñan a nuestra época, y reprochen a los sueños
lo que por una sola vez nos regalaron.
1926
XXXVII
FOTOGRAFÍA
En la playa, un mediodía de color lila,
en el paraíso marino de las vacaciones
un bañista rayado hacía fotos
a su feliz familia.
El pequeño desnudo se queda inmóvil,
y sonríe la esposa,
en la calurosa luz, en la arena festiva,
como en plata, sumergida.
Y el rayado bañista apunta
a la arena soleada,
la mirilla de la cámara chasqueó
y pestañeó con su párpado negro.
Esta película reprodujo
todo lo que pudo captar:
el niño pasmado,
su sonriente madre,
un cubito y dos palitas,
y más lejos, una duna de arena.
Y yo, un mirón casual,
en el último plano, también aparezco.
En invierno, en una casa desconocida
enseñarán a la abuela un álbum,
y en ese álbum estará la foto,
y en esa fotografía estaré yo:
mis rasgos entre gente extraña,
uno de mis días de agosto,
mi sombra, desconocida para ellos,
fue robada inútilmente.
1927
XXXVIII
FUSILAMIENTO I
Algunas noches, cuando me quedo dormido
mi cama se desliza hacia Rusia:
y entonces me llevan hasta el barranco,
me llevan hasta el barranco a fusilarme.
Me despierto y en la oscuridad, desde la silla
donde reposan las cerillas y el reloj,
una esfera fluorescente
como un cañón fijo, me mira a lo ojos.
Me cubro con las manos el pecho y el cuello,
ahora disparan sobre mí –
no me atrevo a apartar la mirada
de la pálida esfera de fuego.
Se paraliza el tic – tac del reloj
de mi aturdida conciencia,
pero nuevamente vuelvo a sentir
el amparo del afortunado exilio.
Sin embargo corazón, cómo hubieras deseado
que todo hubiera ocurrido de verdad:
Rusia, estrellas, noche de fusilamiento,
y el barranco lleno de flores de aliso.
Berlín, 1927
XXXIX
BILLETE
En la fábrica alemana, ahora mismo,
- ¡déjame contarlo, musa, sin emoción! –
en la fábrica alemana, ahora mismo,
todos los preparativos se hacen en mi honor.
Ya dice una máquina: «mastico;
plancho la papilla de papel;
ahora doy la lámina a otra máquina».
Ésta dice: «yo la corto y la pinto».
Y por fin, encontradas sus justas medidas,
la creación de acero con muchas manos
imprime, sobre las rosadas hojas,
el increíble nombre de la estación.
Y una persona impasible coloca las hojas
dentro de una caja en la oficina,
en cuyas paredes se ve un vapor con ojazos,
un bosque de palmeras y el mar del Norte.
Existe en el mundo ya hace muchos años
este tipo de empleado, lento e indiferente,
que abre la caja secreta
y me entrega un billete para mi patria.
1927
XL
PATRIA
Nuestra inmortal felicidad
es llamada Rusia por lo siglos.
De todos los lugares que hemos visto,
jamás conocimos tierra más hermosa.
Pero, dondequiera que nos llevara el camino,
soñábamos con la tierra rusa.
Destierro: ¿dónde está tu aguijón?
Exilio: ¿dónde está tu fuerza?
Conocemos tales oraciones
que aligeran el corazón en las noches;
y las orgullosas musas de Rusia,
invisibles, se hallan entre nosotros.
Gracias por el insondable ruido de tus bosques
en las llanuras de mi patria,
gracias por los pensamientos que sugieren
y por cada canción sobre ellos.
Nuestra casa, accidentalmente en el extranjero,
donde el sueño del desterrado es pacífico,
está siempre rodeada de Rusia
como el viento, del mar y de los misterios.
1927
XLI
FUSILAMIENTO II
Sin afeitar, riéndose, pálido,
con su chaqueta todavía limpia,
sin corbata, con un pequeño gemelo
de cobre en la nuez,
él espera, y todo lo que ve en el mundo
es sólo una tapia elevada,
una lata en la hierba y cuatro
bocas de fusil, mirándole cara a cara.
Así esperaba él, riendo y pestañeando,
muchas veces en los días de su onomástica,
a que se encendieran las bengalas, deslumbrando
su blanca cara sin ojos.
Se acabó. El chispazo doloroso del hierro.
Inexorable oscuridad.
Pero un ángel enloquecido, aullando,
da vueltas sobre el precipicio.
1928
XLII
ISLAS
De mi libro de cuentos recuerdo un dibujo:
estamos tú y yo en la torre del rincón.
Ponte aquí, y de nuevo me quedo inmóvil
en el viento, con la mano tendida.
Allí, a lo lejos, donde las ensortijadas olas
atraviesan la niebla, distingue
las islas de la felicidad, como enormes
tortas de pascua de color violeta.
Porque los panaderos de rizadas alas
con sus dedos dorados
las han tallado, de especiales tierras dulces,
en el borde del cielo.
Allí todo debería ser más fácil y hermoso,
y nosotros tal vez podríamos ir tan lejos,
si no nos diera tanta pena de nuestros libros,
de nuestro perro y de nuestro amor.
1928
XLIII
A RUSIA
Un severo geógrafo ha dibujado
las líneas de mi mano: aquí están
todos tus caminos, grandes, pequeños,
y las venas que son ríos y arroyos.
Ciego extiendo las manos
y a través de ti, patria mía
percibo todo lo terrestre.
Ya ves por qué soy tan feliz.
Y si verdaderamente, como ayer
me figuraba en un sueño,
la inesperada hora, la última hora
me encontrará en un país extranjero,
como extendida sobre un pupitre inclinado,
semejante a un mapa, te te enroscarás
nada más soltar yo tus extremo,
y yacerás allí donde yo esté enterrado.
1928
XLIV
* * *
Para hacer un viaje nocturno no necesito
ni barcos, ni trenes.
La luna se encuentra sobre el damero del jardín.
La ventana abierta. Estoy preparado.
Con acostumbrado silencio, como en la noche
un gato entre los setos,
salta, hasta la orilla rusa del río fronterizo,
mi sombra sin pasaporte.
Ligera, invulnerable, clandestinamente
me extiendo en cada pared,
y a la luz de la luna, al sueño que pasa de largo,
en vano apunta un centinela.
Floto sobre los prados, bailo en el bosque ¾
pero quién puede comprender que haya
en todo este enorme país, un solo ser vivo,
un único ciudadano feliz.
He aquí el reflejo del Neva a lo largo del muelle.
Todo está en calma. Un tardío peatón
que encuentra mi sombra en medio de la plaza desierta,
impresa a su imaginación.
Y me acerco hasta la casa desconocida,
sólo reconozco el sitio…
Allí, en las oscuras habitaciones, todo es distinto,
y todo emociona a mi sombra.
Aquí duermen los niños. En el borde de la almohada
me recuesto, y entonces
ellos empiezan a soñar con mis antiguos juguetes,
con los barcos y los trenes.
1929
XLV
REPRESENTACIÓN
Aún está oscuro. En la orquesta se encuentran
los apretados esqueletos de la música, la sala está vacía.
Todavía no le encargaron al pintor
los tupidos cielos ni las soleadas paredes.
Pero el grueso libreto ha sido destrozado,
y repartidas las páginas entre los actores.
En las buhardillas ya no tendremos más frío.
Nosotros revivimos, empezamos a ensayar.
Ahora yo me siento en un sofá descolorido
con mi invisible amante al lado,
y la mesa desnuda observa con perruna mirada,
cómo cojo de ella un vaso inexistente.
Por la mañana nos reunimos en el infierno,
donde hablamos y caminamos ruidosamente.
Aún está oscuro. La limpiadora sorda
se sienta sola en la fila trece.
Comenzará el día. tú serás un rey.
Tú ¾ una campesina con un racimo de uvas.
Vosotros ¾ mendigos. Y tú, mi alegría,
tú serás tú misma, pero con un lujoso vestido.
Empezó. Desde algún rincón de la tierra
se levanta el polvo. Y en la zona visible más alejada,
andan, andan los nómadas mimos,
y se escucha la música, y ahora llegan aquí.
Entonces, para los habitantes del Olimpo
desnudos y dorados por el calor del paraíso,
saturados de ardor y ternura,
representamos el mundo que una vez amaron.
XLVI
NIEVE
¡Oh, este ruido! Al pisar la nieve ¾
cruje, cruje, cruje ¾
con botas de fieltro alguien camina.
El grueso y retorcido hielo
terminado en punta pende de los tejados.
La nieve es crujiente y brillante
(¡Oh, este ruido!)
Detrás, el trineo no se arrastra ¾
vuela, pisando los talones.
Me sentaré y me deslizaré
sobre el terraplén, sobre el llano:
las botas de fieltro separadas
agarrado a la cuerda.
Antes de dormirme
siempre pienso:
quizás, mi desmañada infancia
con su cálida ropa,
encuentre un rato libre
para visitarme.
XLVII
EL FUTURO LECTOR
Tú, lúcido habitante de los siglos venideros,
tú, amante de las antigüedades, un día cualquiera
abrirás una antología de versos
injustamente olvidados, pero perdurables.
Y te vestirás como un payaso
al gusto de mi época con frac y levita.
Apoya las manos. Presta atención. Cómo suenan
los antiguos tiempos ¾ como en la caracola las musas.
Dieciséis renglones, un óvalo coronado
con unas fotos desvaídas… Atrévete
a despreciarlos por su viejo estilo,
a desdeñarlos por mi decencia y mi pobreza.
Estoy aquí contigo. No eres libre de esconderte.
Me acerqué a ti en la oscuridad, a tu pecho.
Y ahora sientes frío: es la corriente de aire
del pasado…Adiós. Estoy muy contento.
1930
XLVIII
PRIMER AMOR
Entre el follaje de abedules y tiemblos
al final de la alameda, junto al puentecillo,
de pronto se desprendió el brillo de un vestido azul
de una corona de aciano.
Tu imagen ligera y luminosa
la conservo tan claramente
y la cuido con tanta veneración
como a la mariposa que no quiere volar.
Muchos años han pasado y felizmente
he vivido sin ti, pero a veces
todavía pienso con temor
si estarás viva y dónde estarás.
Más si el inesperado destino
hiciera que nos encontráramos,
tu imagen actual me impresionaría
como una extraña deformación.
No hubo ofensa más inexplicable:
adquiriste una vida distinta.
Ni vestido azul ni nombre
guardaste para mí.
Pero todo esto pasó hace tiempo
yo rezo y tú debes rezar
para que, en los aledaños del pisoteado camino,
no nos encontramos en la pálida tarde.
1930
XLIX
VENTANA
La casa vecina se hunde en las lilas de la noche,
y ella misma se convierte en oscuridad.
En algún balcón olvidaron un sillón
y no cerraron los postigos.
De repente, como si fuera un ojo que se abre,
la luz se enciende en una de las ventanas,
y una mujer se acerca al aparador.
Pero éste ya sabe lo que la dueña necesita,
los habitantes de cristal están contentos con ella,
que ahora coge a uno.
Silenciosa, resplandeciente con su traje amarillo,
extiende la mano y suena, imperceptible,
el ruido del interruptor: tric – trac.
Entre las sombras del inclinado parquet
se aleja la silueta como un camino de luz,
la puerta se cierra y… la oscuridad.
Pero ¿qué me ha emocionado tan profundamente?
¿de dónde viene esta alegría de vivir?
Y ¿con qué experiencias encantadoras y nuevas
me he enriquecido?
1930
L
FÓRMULA
Un abrigo sin dedos
se encorva en la silla.
Las tinieblas me engañaron,
no me pareció eso.
Una corriente de aire pasó hace poco,
y se ha llevado el alma
a un guarismo de cristal
que se abría armoniosamente.
Al pasar a través de los reflejos
de las vasijas de cifras,
a los alambiques curvos,
inflándose o aplastándose,
mi espíritu se ha transformado:
se multiplicó, girando
en mil anillos,
y por fin se paró
en un estancamiento cristalino,
en la perfecta Nada,
pero en la habitación
se encorva el abrigo vacío.
Berlín, 1931

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