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| Manuel Hernández (Venezuela, 1972) |
Prosas
de Manuel Hernández
de: Laberintos
toc toc toc
Tocan la puerta. No ve a nadie. Escucha atento. Es un ruido seco y opaco. Está cerca.
Sólo un árbol a la vista. El sonido viene de adentro. Con curiosidad lo rodea. Busca agujeros por donde quepa un animal. No hay entrada o salida del árbol. Incrédulo, se acerca.
Lo toca. Siente golpes. Tantea. Consigue su origen. Vienen de adentro.
¿Qué desventurada criatura quedó atrapada y cómo? Sin nadie alrededor, decide rescatarla.
Consigue una piedra triangular afilada. Al abrirse paso, los golpes adentro aumentan en intensidad. La mezcla de ansiedad y emoción le sirve de combustible.
Toc toc toc. ¡Va a salvar a este pobre animal atrapado!
Siguió por más de una hora. El sol caía despacio. Estaba decidido a completar el rescate. Cavaba.
Estaba cerca.
Entonces, cuando logró romper aquella pared de corcho, cayó en su mano una roca triangular.
Había caído desde el otro lado, y ante él estaba él mismo.
no tengo
no tengo recuerdos ni acuerdos que cumplir no tengo palabras que signifiquen mayor cosa no tengo niño ni perro ni casa no tengo juguetes ni comida ni techo ni ropa no tengo sueño no tengo hambre no tengo agua ni café no tengo comentarios no tengo programas de medianoche no tengo películas viejas no tengo ganas no tengo cuentas no tengo dinero no tengo deudas no tengo propiedades no tengo frío no tengo esperanza no tengo ganas no tengo que irme no tengo que quedarme no tengo que volar ni tengo que avanzar no tengo que reunirme con nadie no tengo que armar presupuestos no tengo que dar vueltas por todos los pisos no tengo que convencer gente de todos los departamentos no tengo que fingir no tengo que pretender que me interesa no tengo nada guardado no tengo agujeros por los que se escurren las monedas no tengo que seguir en esta isla no tengo que conseguirme a mí mismo no tengo que seguir prescripciones de ningún doctor
paranoia demencia y humo
I
Mi abuela hablaba con gente que no estaba ahí. Vivíamos en el este de la ciudad, con miedo a que nos escuchara la G2 cubana desde un vehículo con ventanas oscuras.
Al principio era imposible distinguir entre la paranoia y la demencia. Las dos se vestían igual. En días de fiesta, con mucho sol y güisqui, podían confundirse.
Un día se rompió el himen de nuestras creencias. Nos burlábamos de todo. Teníamos las respuestas a todas las preguntas.
“Esa persona murió hace mucho tiempo, abuela.”
“En esa foto no hay una lanza apuntando a tu cabeza, mamá.”
“No nos están robando el agua, abuela. Es imposible.”
“No pudo entrar nadie en tu casa, mamá.”
las guacamayas
Aunque alguna que otra viaja sola, la mayoría de ellas surca el aire en pareja. Con una algarabía que despierta antes de salir el sol, ellas festejan cada día con entusiasmo decembrino. Y en el atardecer resplandecen.
el ávila
Me evade la mayoría de los días. Con nubes, con ventanas que dan al lado equivocado. Pero regreso a él, me siento y escribo mientras lo contemplo. No envejece. No me cansa. Lo recorro y lo aprehendo de nuevo.
american
A cuatro horas de Miami, me espantó una imagen que se sentía tan real como terrible. Sentado en el pasillo de la fila de emergencia alcancé a ver unos momentos adelante. Al correr la cortina del tiempo, la nave tembló.
Por una eternidad todo se sacudió a mi alrededor. Temblaban los asientos. Vibraban los paneles del techo. Se turbaban las almas de los 255 pasajeros y tripulantes de aquel 737 de American Airlines rumbo a Phoenix.
Las bebidas volaron como una lluvia dentro de la cabina. Mi vecino gritaba sin pudor, no sé si por la quemadura de su café caliente o por la culpa de un pecado sin confesar.
Por el sistema de sonido se escuchaban palabras. Yo sólo entendía que ese era el final. Hasta ese momento llegaban los romances, las esperanzas, las angustias, los planes y las carreras. Los cumpleaños, alguna que otra empresa que quebraría y hasta un grupo de feligreses que se dispersaría tras la desaparición de su pastor.
Cuando pude entender las palabras, abrí los ojos. “Señores pasajeros, estamos llegando al final de nuestro viaje. Nos aproximamos a la ciudad de Phoenix.”
La mayoría de los pasajeros, como yo, despertaban de su letargo en el aire. Y junto a la ventana de emergencia, mi vecino se frotaba con insistencia la camisa para limpiar la mancha de café.
el golpe
No sé qué es ese sonido seco. Viene de todas partes.
Los perros aúllan acompañando esa sinfonía que empieza a sacudir todo. Primero la mesa y las sillas del comedor se estremecen. Luego se mecen los libros y los discos de vinilo. La televisión se mueve hacia adelante y hacia atrás.
Estamos en un bote en medio de una tempestad, pero no hay agua y no hay viento. Solo un sonido que ya abarca toda la cuadra. Los pájaros huyeron hace rato.
Las paredes ya empiezan a sacudirse y los carros en la calle saltan en el aire. Los árboles lloran.
El poste de enfrente se menea peligrosamente, amenazando con sus brazos extendidos.
Ya no es posible mantenerse en pie. Todo vibra. El piso se aleja y se acerca. Mi voz se perdió, no la consigo. No consigo calmarme con todo este sobresalto.
De pronto, el techo explota. El sonido no puede contenerse. Se escapa a toda la ciudad. No hay donde esconderse. Todo se estremece. Es el apocalipsis. Ya no oigo nada. Mis oídos estallaron hace horas. Solo veo los subtítulos a mi alrededor.
Cuando llega la noche, no se ve nada. Todas las luces se han apagado. No sé dónde es arriba. Nos golpeamos con todo, entre todos.
a javier
A veces debemos ignorar las ideas que se nos ocurren. Algunas son verdaderamente malas. Debemos dejar que se descompongan en el olvido. Pero en ocasiones se aprende a vivir ¾ y a morir ¾ a golpes.
Esa semana habíamos postergado la salida varias veces. Nuestras vacaciones casi llegaban a su fin. Era pasada la una de la mañana del viernes y mi mejor amigo y yo pensamos: “es ahora o nunca”. Nunca pensamos.
Desde la capital, estimamos que solo tendríamos que mantener el rumbo hacia el este durante unas cinco horas. En nuestro destino nos esperaban todas las criaturas prometidas de los libros de cuentos de nuestra infancia. Vivían más allá de la última montaña, en una hermosa playa escondida.
En aquella época antes de los teléfonos inteligentes y los GPS, saqué la brújula que me había regalado papá antes de llegar a la universidad. Era “para orientarme”. Tomamos la única ruta posible.
En el asiento de atrás llevábamos unas baguettes, unas latas de jamón endiablado, queso de untar y cerveza. El carro, con un tanque lleno de gasolina, se preparaba para su canto de cisne. Nosotros cantábamos por el camino.
Unos kilómetros fuera de la ciudad las parcas luces de la carretera de curvas nos hicieron bajar la velocidad. Bajamos las ventanas para disfrutar de la brisa de la noche. El viento nos jugaba trucos: su voz de lechuza parecía querer advertirnos algo.
Alrededor de las 3 de la madrugada alcanzamos una población llena de diablos danzantes o quizás imaginamos que eran diablos. Todos reían a nuestro paso, quizás anticipaban nuestro destino. El ritmo de los tambores quedó detrás y con él nuestro último contacto con la civilización.
Unos bachilleres con sentido común se hubieran unido a las festividades del pueblo antes de seguir adelante. Pero nosotros teníamos que cruzar el cerro que nos separaba de nuestro destino: no podía faltar mucho para llegar.
Aunque nuestro carro no estaba hecho para caminos rústicos, insistimos. Sabíamos que la brújula no mentía y nos adentramos por una vía de tierra poco transitada. A pesar de cruzar una enorme telaraña que abarcaba el camino a todo lo ancho, seguimos adelante.
La confianza mermaba cuando vimos unas luces en la distancia. Parecía un caserío junto al mar, estimamos al apagar el motor y escuchar un susurro de olas. Al retomar el camino, un murciégalo revoloteó frente a nosotros; buscaba espantarnos, pero lo ignoramos.
Aquella montaña no nos quería. En su idioma de bestias, maleza y piedras nos trató de avisar que debíamos devolvernos, pero la ignoramos.
Poco después de las cinco de la mañana, a mitad de una curva, bajé la vista a verificar la dirección en la que apuntaba la brújula. No se movió. La brújula no se movía.
Cuando levanté la vista el carro estaba en el aire. Mi brújula inmóvil nos condujo directo al fondo del mar.
copyrigth©manuelhernández

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