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| Cesia Hirshbein (Alemana - Venezolana, 1946) |
Cesia Hirshbein
Esa calavera tenía una lengua en otro tiempo…
Especial para Les
Esa calavera tenía una lengua en otro tiempo, y con ella podía cantar ... ¡Cómo la arroja al suelo el tunante, cual si fuera la quijada que utilizó Caín para el primer asesinato!
Hamlet, Acto V, 1ª. escena
La única mancha que alteraba el brillo de la calle era la de un hombrecito insignificante. Iba dando saltos y estuvo a punto de perder el equilibrio cuando repicaron las campanas de la catedral. Llevaba puesto un abrigo anticuado, un par de botas largas y unas polainas con botones de las que solía usar la gente del pueblo, lo que le daba una apariencia rústica. Cubría su calva un sombrero tan grande que parecía tener la forma de un paraguas con plumas. El tiempo corría más veloz de lo que daban sus cortas y delgadas piernas que de milagro podían sostener su rechoncho cuerpo balanceándose como Humpty Dumpty, en peligro de resquebrajarse. Debía llegar a la hora, y el lugar a donde iba estaba en las afueras de Viena, pero era inevitable que bajara el mentón y contara cada loza del suelo. La avenida era ancha, florida y hacía honor a la capital del imperio austrohúngaro, en aquel mediado del siglo XIX
Levantó la cabeza al pasar por un edificio que le llamó la atención y comenzó a enumerar compulsivo uno a uno sus enormes ventanales. Los ojos saltones se le agrandaron, de ningún modo podía llegar tarde. El sudor le empezó a correr por la frente, y como una catarata por todo el cuerpo. Y a pesar de la suave brisa otoñal, seguía mojándose. El pañuelo no le sirvió de mucho.
Llegó por fin a la Iglesia Parroquial de Währing, y al subir las escalinatas, giró hacia el ala lateral, de un barroco tardío en donde iba a llevarse a cabo el tan ansiado acto. Se detuvo, apoyó una
mano del marco del portón y respiró profundo para que volviera a fluir con normalidad su sangre y dejara de gotear aquel sudor que lo había bañado.
Los sepultureros, quiénes en ese momento eran desenterradores, habían puesto alineadas en un mesón dos urnas, de las que aún se desprendían tierra húmeda y barro oscuro. Los facultativos rodeaban el mesón mientras los obreros quitaban los clavos y abrían las tapas de cada urna. ¡Halt!, dijo uno de los presentes, con más cuidado, bitte.
El hombrecito, aún jadeante, se echó hacia atrás como si un fantasma lo empujara al vacío, mientras sentía que el alma estaba por salírsele del cuerpo. En aquella penumbra solo iluminada por faroles, su figura se perdía, tímida y apartada, amparado por uno de los pilares. Dio un corto paso para adelante y otro hacia atrás. Así varias veces. Estaba queriendo esconderse tras la columna. Entrecruzó los dedos como si fuera a rezar. Contó unas diez personas alrededor de los dos sarcófagos, ahora ya abiertos. El médico austríaco Romeo Seligman daba instrucciones a una persona que parecía ser su ayudante. Alertas estaban destacados miembros de la Gesellschaft der Musikfreunde.
Sin embargo, todo ese protocolo no iba a impedir que él entrara, estaba decidido. Ahora es el momento, se dijo a sí mismo para darse valor y se abrió paso entre los guardias, prelados e invitados, y con ademanes torpes y desmañados se acercó a empujones a los sarcófagos. Todos lo miraron. Él, sin reparar en nadie, con la mirada fija en el mesón, tomó en sus manos las venerables calaveras, las acarició y le dio un beso a cada una de ellas. Ninguna persona lo detuvo, ni guardia ni asistente alguno se atrevió a interrumpir a Anton Bruckner que venía a unirse en alma y cuerpo con sus maestros Beethoven y Schubert, que habían sido exhumados ese doce de octubre de 1862. Un día glorioso para el gran genio sinfonista, quien después de ese acto de amor levitaba, con los labios ardidos de placer.
En aquel recinto solo había tres personas vivas. Los demás eran vulgares cadáveres que no se daban cuenta de eso. Los vivientes eran Beethoven, Schubert y por supuesto él, Bruckner. Las tres únicas calaveras que jamás dejarían de soñar con el arte, con la música.
copyrigth©cesiahirshbein

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