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| Louise Glück (USA, 1943 - 2023) |
LOUISE GLÜCK
RECETAS INVERNALES DE LA COMUNIDAD
Traducción: Andrés Catalán
Para Kathryn Davis
POEMA
Día y noche llegan
de la mano como un niño y una niña
que se detienen solo para comer moras de un plato
decorado con dibujos de aves.
Suben la alta montaña cubierta de hielo,
luego salen volando. Pero tú y yo
no hacemos esas cosas…
Subimos la misma montaña;
entono una oración para que el viento nos eleve
pero no sirve de nada;
tú escondes la cabeza para no
ver el final…
Hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo, hacia abajo
es donde nos lleva el viento;
trato de consolarte
pero las palabras no son la solución;
te canto una canción como las que me cantaba mi
madre…
Tienes los ojos cerrados. Adelantamos
al niño y a la niña que vivimos al principio;
ahora están parados en un puente de madera;
a su espalda alcanzo a ver su casa:
qué rápido vais, nos gritan,
pero no, es el viento en los oídos
lo que escuchamos…
Y luego simplemente caemos…
Y el mundo pasa de largo,
todos los mundos, cada cual más hermoso;
te acaricio la mejilla, para protegerte…
LA NEGACIÓN DE LA MUERTE
I
UN DIARIO DE VIAJE
Me había dejado el pasaporte en un hotel donde nos
quedamos un par de noches
cuyo nombre era incapaz de recordar. Así es como
empezó.
En el siguiente hotel se negaron a alojarme,
un hotel precioso en un huerto de naranjo, con vista al
mar.
Con cuánta tranquilidad aceptaste
la habitación que debió haber sido nuestra
y, luego, con cuánta alegría saliste al balcón
a lanzarme bombones envuelto en celofán. Al día
siguiente
reanudaste el viaje que deberíamos haber hecho juntos.
El conserje me consiguió una vieja manta.
De día, me sentaba junto a la cocina. De noche, extendía
mi manta
entre los naranjos. Cada día igual, salvo por el tiempo
que hacía.
Al final el personal se apiado de mí.
El camarero me traía comida que había sobrado de la cena,
una solitaria patata o un poco de cordero. A veces llegaba
una postal.
En la parte delantera, relucientes atracciones turísticas y
obras de arte.
Una vez, una montaña nevada. Tras un mes más o menos
una posdata. X manda saludos.
Digo un mes, pero en realidad no tenía conciencia del
tiempo.
El camarero desapareció. Llegó un camarero nuevo,
luego otro más, creo.
De vez en cuando, alguno me hacía compañía en mi
manta.
¡Cómo disfruté aquellos días! Cada uno exactamente
igual que el anterior.
Allí estaban los escalones de piedra que subíamos juntos
y el pueblecito donde tomamos el desayuno. Muy a lo
lejos
alcanzaba a ver la cala donde solíamos nadar, pero ya no
se oía
a los niños gritarse unos a otros, ni te oía
ya a ti, ofreciéndome algo frío de beber,
que yo siempre aceptaba.
Cuando dejaron de llegar las postales, volví a leer las
antiguas.
Me vi a mí misma bajo el balcón, en aquella lluvia
de besos envueltos en celofán, incapaz de creer que me
abandonarías,
suplicándote, por supuesto, pero no con palabras...
El conserje, me di cuenta, había permanecido a mi lado.
No estés triste, dijo. Has empezado tu propio viaje,
no hacia el mundo, como tu amigo, sino hacia ti misma
y a tus recuerdos.
A medida que se desvanezcan, quizás consigas
ese envidiable vacío en el que fluyen
todas las cosas, como la taza vacía en el Tao Te Ching…
Todo es cambio, dijo, y todo está conectado.
También todo regresa, pero lo que regresa no es
lo mismo que se fue...
Te vimos alejarte. Por los escalones de piedra
y hacia el pueblecito. Sentí
que alguna verdad se había pronunciado
y aunque habría preferido pronunciarla yo misma
al menos me alegre de haberla escuchado.
II
LA HISTORIA DEL PASAPORTE
Él regresó, pero tú no lo hiciste.
Sucedió así:
un día llegó un sobre,
con sellos de una pequeña república europea.
El conserje me lo entregó con aires ceremoniosos;
procuré abrirlo de la misma manera.
Dentro estaba a mi pasaporte.
Allí estaba mi cara, o lo que había sido mi cara
en algún momento, en un pasado lejano.
Pero yo había tomado un camino diferente
de ese rostro que sonreía con tanta convicción,
que reflejaba nuestros recuerdos de viajes compartidos
y nuestros sueños de otros viajes...
Lo arrojé al mar.
Se hundió de inmediato.
Hacia abajo, hacia abajo, mientras yo lo dejaba
de mirar, el agua vacía.
Durante todo este tiempo el conserje no me había
Quitado ojo.
Venga, dijo tomándome del brazo. Y empezamos
a caminar alrededor del lago, como yo solía hacer a
diario.
Me he dado cuenta, dijo, de que ya no deseas
retomar tu antigua vida, moverte
como si dijéramos, en una línea recta como el tiempo
sugiere que hagamos, sino más bien (aquí señaló hacia
el lago)
En un círculo que aspira a
esa calma en el corazón de las cosas,
aunque me gusta pensar que también se perece a un reloj.
Entonces sacó del bolsillo
el enorme reloj que siempre llevaba encima. Te reto, dijo,
a que me digas, mirando esto, si es lunes o martes.
Pero si miras la mano que lo sostiene, te darás cuenta de
que ya
no soy un hombre joven, mi pelo encanecido.
Tampoco te sorprenderá descubrir
que antes era oscuro, igual que debió de serlo el tuyo,
y rizado, diría yo.
A lo largo de este discurso ambos habíamos estado
Mirando un grupo de niños que jugaban en la orilla.
Cada cuerpo rodeado por un tubo de goma.
Rojo y azul, verde y amarillo,
un arcoíris de niños chapoteando en el lago cristalino.
Alcanzaba a oír el tictac del reloj,
en una presumible alusión al paso del tiempo,
aunque era algo que de hecho lo anulaba.
Debes preguntarte, dijo, si no te estás engañando.
A lo que me refiero es que miras el reloj y no
la mano que lo sostiene. Permanecimos un rato mirando
el lago
cada uno perdido en sus propios pensamientos.
Pero acaso no es la vida del filósofo
exactamente como la describe, dije. Siempre por el
mismo camino,
esperando que la verdad se desvele sola.
Pero has dejado de hacer cosas, dijo, que es lo que
hace el filósofo. ¿Recuerdas cuando escribías lo que
llamabas
tu diario de viaje? Solías leérmelo,
recuerdo que estaba lleno de historias de todo tipo,
sobre todo historia de amor e historias sobre pérdidas
salpicadas
de detalles fantásticos que no se le ocurren a casi nadie,
y sin embargo al oírlas tenía la sensación de estar
escuchando,
mi propia experiencia pero contada de una forma más
hermosa
de lo que yo habría sido capaz. Sentí
que me hablabas o que hablabas de mí aunque nunca me
moví de un lado.
¿Cómo se llamaba? Un diario de viaje, creo que dijiste,
aunque a menudo
yo lo llamaba La negación de la muerte, en homenaje a
Ernest Becker.
Y me habías puesto un nombre raro, lo recuerdo.
Conserje, dije. Conserje como te llamaba.
Y antes de eso, tú, que es, creo,
una conversación de la ficción.
RECETAS INVERNALES DE LA COMUNIDAD
I
Cada año al llegar en invierno los viejos se adentraban
en los bosques para recoger el musgo que crecía
en el lado norte de algunos enebros.
Era una labor lenta, que requería varios días, aunque estos
fueran días corto porque la luz era cada vez más escasa,
y cuando tenían las mochilas llenas retomaban
penosamente el camino de regreso, con la pesada carga del
musgo.
Las mujeres fermentaban este musgo, una tarea laboriosa,
especialmente para gente tan anciana
como para haber nacido en otro siglo.
Pero tenían paciencia, Estos ancianos y ancianas,
una que tú y yo apenas logramos imaginar,
y cuando el musgo ya estaba curado, se metía acompañado
de mostazas silvestres
y recias hierbas en una chapata cortada en dos, y se
aplastaba como pan bagnar,
tras lo cual estaba listo: un «revitalizador bocadillo invernal»
lo llamaban, pero nadie decía
que estuviera rico, era lo que comías,
cuando no había nada más, como el pan ácimo en el
desierto, que
nuestros padres llamaban el pan de la aflicción...
Algunos años
un anciano no regresaba del bosque, y entonces su esposa
necesitaba
una nueva vida, como auxiliar de enfermería, o
supervisando
a los jóvenes que hacían el trabajo pesado, o vendiendo
los bocadillos en el mercado al aire libre mientras caían la
nieve, envueltos
en papel encerados... El libro contiene
solo recetas para el invierno, cuando la vida es dura. En
primavera
cualquiera es capaz de preparar un buen plato.
II
El musgo más bonito se reservaba
para los bonsáis, para los cuáles
se había designado una pequeña habitación,
aunque pocos teníamos el talento,
e incluso en ese caso, hacía falta un largo
aprendizaje; las reglas eran complicadas.
Una luz radiante caía sobre el espécimen sometido a topa,
nunca en forma de animales, que estaba mal visto,
sólo en esas formas
innatas a la especie en cuestión... Los que observábamos
a veces elegíamos la maceta, en mi caso
un cuenco de porcelana, regalo de mi abuela.
Alrededor el viento soplaba cada vez más fuerte.
Bajo la luz radiante, mi amigo,
que estaba dándoles forma al árbol, posó las tijeras.
El árbol me parecía hermoso,
no acababa tal vez, pero aún así hermoso, el musgo
colocado alrededor de las raíces… No se me
permitía podarlo, pero sostuve el cuenco en mis manos,
Un pino que se sacudía bajo un viento fuerte
como el hombre en el universo.
III
Como dije, era un trabajo duro:
no consistía solo en cuidar los arbolitos
sino también en cuidarnos a nosotros mismo.
en alimentarnos, en limpiar los espacios comunes…
Pero los árboles lo eran todo.
Y qué tristes nos poníamos cuando uno moría,
pues acababan muriendo a pesar de haberlos
apartado de la naturaleza; todo muere tarde o temprano.
Yo me preocupaba sobre todo de los que perdían las hojas,
que se apilaban sobre el musgo y las piedras...
Los árboles eran miniaturas, como he dicho,
pero no existe algo así como una muerte en miniatura.
Las sombras pasaban sobre la nieve,
los pasos se acercaban y se alejaban.
Las hojas muertas yacían sobre las piedras;
no había ningún viento que se las llevara.
IV
Estaba más oscuro que nunca
pero entonces sabía anticiparme.
El mes era diciembre, el mes de la oscuridad.
Era muy temprano. Caminaba
desde mi cuarto al arboreto; por razones evidentes,
se nos recomendaba no estar nunca solos,
pero se hacían excepciones… Alcanzaba ver
el resplandor del arboreto rodeado de nieve;
de los árboles habían colgado luces diminutas.
Recuerdo pensar cómo había resultar
visible desde muy lejos, aunque no es que fuéramos
casi nunca especialmente lejos... Todo estaba en calma.
En la cocina, envolvían bocadillo para el mercado.
Mi amiga solía encargarse de esto.
Huli songli, la llamada nuestro instructor,
persona que cuida. Recuerdo
observarla: al otro lado de la puerta,
normas escritas en una tarjeta que caracteres chinos
que podrían traducirse con las mismas cosas en el mismo
orden,
y debajo: Los hemos privado de su origen
ahora nos necesitan.
VIAJE DE INVIERNO
En fin, justo como pensaba,
el camino se había
borrado prácticamente del todo…
Nos habíamos trasladado entonces
de la primera a la segunda fase
del sueño a la proposición.
Y mira:
esta es la línea que los divide,
semejante
a esta línea de la que surgen nuestras palabras;
dejan pasar la luz de la luna.
Los finos arrojan sombras
sobre la nieve.
***
Dile adiós a estar de pie,
dijo mi hermana. Estábamos sentadas y nuestros bancos
favoritos
fuera de la sala común, tomándonos
un vaso de ginebra sin hielo.
Se parecía mucho al agua, así que las enfermeras
te sonreían al pasar,
satisfechas de lo bien que estabas hidratándote.
Dentro de la sala común, los casos avanzados
miraban la televisión bajo un cartel que decía
Bienvenidos a la hora feliz.
Si no sabes leer mi hermana,
¿puedes ser feliz?
Nos lo estábamos pasando bien, haciéndonos viejas,
todo iba a pedir de boca como decían las enfermeras,
aunque te podía dar cuenta
de que la nieve había empezado a caer.
no a caer exactamente, más como el zigzaguear de un lado
a otro,
deslizándose en el cielo...
***
Ya estamos en casa, dijo mi madre;
antes estábamos en casa de la tía Posy.
Y, entremedias, en el coche, el Pontiac,
viajando de Hewlett a Woodmere.
Niñas, dijo mi madre, tenéis que dormir
todo lo que podéis. Entre los árboles
brillaban algunas luces: mirad las estrellas, dijo mi madre.
Luego estaba en mi cama. ¿Cómo podían las estrellas
estar allí
cuando no había árboles?
En el techo, tonta, ahí es donde estaban.
***
Debo decir
que estaba muy cansada de caminar por la carretera,
muy cansada: dejé mi sombrero sobre un montón de nieve.
Ni siquiera entonces me sentí lo bastante liviana,
mi cuerpo era una carga.
A lo largo del sendero había
cosas que habían muerto de camino...
trozos de nieve
eso es lo que eran.
Hacía viento. Por las noches era capaz de ver
las sombras de los pinos, la luna
era así de brillante.
Cada hora, más o menos, mi amiga se giraba para
Saludarme,
o así lo creía yo, aunque
la oscuridad la ocultaba.
Aun así, su presencia me servía de apoyo:
algunos sabréis a lo que me refiero.
PENSAMIENTOS NOCTURNO
Nací hace mucho tiempo.
Ya no queda nadie vivo
que me recuerde de bebé.
¿Era un bebé bueno? ¿Uno
malo? Salvo en mi cabeza
ese debate ha quedado
silenciado para siempre.
En qué consiste
ser un mal bebé, me preguntaba. Cólicos,
dijo mi madre, lo que quería decir
que lloraba mucho.
¿Qué hay de malo
en eso? Qué difícil era
estar viva, no me extraña
que todos murieran. Y qué pequeña
debí de haber sido, flotando
dentro de mi madre, acariciada
en señal de aprobación.
Qué lástima haber empezado
a hablar, perdiendo la conexión
con ese recuerdo. ¡El amor de mi madre!
Demasiado pronto surgió
mi verdadero yo,
robusto, pero amargo
como un despertador.
UNA HISTORIA INTERMINABLE
I
A mitad de la frase
se quedó dormida. Había estado contando
una especie de fábula sobre
una jovencita que se despierta una mañana
convertida en ave. Como la vida misma,
dijo la persona a mi lado. Y digo yo,
prosiguió. ¿crees que aquí nuestra amiga
planea salir volando cuando se despierte?
La habitación estaba en silencio.
Ambos la observábamos; de hecho,
todos los que estábamos allí la observábamos.
A mí me parecía que seguía igual, aunque
tenía la cabeza hundida en el pecho; aun así,
tenía buen color… Parece que está viva
dijo mi vecino. No solo eso, prosiguió,
todos en esta habitación estamos vivos...
justo como quieres que acabe una historia. Y sin embargo,
añadió, quizá nunca sepamos
si la historia pretendía ser
un cuento con moraleja o quizá una historia de amor,
ya que ha sido interrumpida. Así que no podemos
estar seguros de haber vivido al final.
Pero quién está, dijo. ¿Quién lo está?
II
Nos quedamos así un rato
a nuestra suerte, me dije a mí misma,
como barcos varados por el mal tiempo.
Mi vecino se había encerrado en sí mismo.
Algo, sentí, existía entre nosotros,
nada tan definitivo como un bebé,
pero real en todo caso…
Mientras tanto, nadie hablaba.
Nadie se apresuró a pedir ayuda
o a arrodillarse junto a la mujer o tendida.
El sol se ponía; las largas sombras de los olmos
se extendían como lagos oscuros sobre la hierba.
Al final mi vecino levantó la cabeza.
Claramente, dijo, alguien debe acabar con esta historia
que debía de ser, creo,
una historia de amor como las que cuentan las mujeres
bobas,
esto es, muy largas, llenas de ramificaciones y distracciones
destinadas a disfrazar el aburrimiento
que produciría su simplicidad. Pero puesto que
hemos cambiado de jinete, más vale que cambiemos
de caballo al mismo tiempo. Ahora que el cuento es mío,
prefiero que sea una meditación sobre la existencia.
La habitación se fue quedando el silencio.
Sé lo que piensas, digo: todos menospreciamos
las historias que parecen áridas e interminables, pero la
mía
será una verdadera historia de amor,
sí por amor entendemos la forma de amar de cuando
éramos jóvenes,
de cuando el tiempo no existía en absoluto.
III
Pronto cayó la noche. Automáticamente
se encendieron las luces.
En el suelo, la mujer se movió.
Alguien le había cubierto con una manta
que ella apartó a un lado.
Es de día dijo. De algún modo
había logrado incorporarse y podía ver
la puerta. Había un pájaro dijo.
Se supone que alguien debía darle un beso.
Quizás ya le hayan dado un beso, dijo mi vecino.
Oh, no, se lamentó. Al besarlo
se convierte en un ser humano. Y ya no puede volar;
solo puede sentarse y ponerse de pie o echarse.
Y besar, añadió burlonamente mi vecino.
Ya no. dijo ella. Sucedió solo esa única vez
para romper el hechizo que había helado su corazón.
No fue un buen negocio, añadió,
cambiar las alas por un beso.
Nos miró, como una figura en la cima de una montaña,
mirando hacia abajo, aunque éramos nosotros los que de
hecho
mirábamos hacia abajo. Evidentemente mi cabeza no es lo
lo que era, dijo.
He olvidado casi todos los detalles, pero ciertos
principios subyacentes han quedado en consecuencia
expuestos con sorprendente claridad.
Los chinos hacían bien, dijo, en reverenciar a los ancianos.
Y miradnos, dijo. Aquí seguimos todos en este cuarto
esperando ser transformados. Por eso buscamos el amor.
Lo buscamos durante toda nuestra vida,
incluso después de que lo hayamos encontrado.
DÍA DEL PRESIDENTE
Un sol amable por todos lados
hacía brillar la nieve: casi como si
estuviera vivo, pensé, qué agradable
volver a ver algo así; tenía las manos
casi calientes. Algún
principio rige aquí, pensé:
loable, mostrar cierto interés
por la vida humana, pero por si acaso
lancé algo de nieve por encima del hombro,
ya que no tenía sal. Y como era de esperar
regresaron las nubes, y como era de esperar
el cielo se puso oscuro y amenazador,
igual que ante, salvo
que las pérdidas se acumulaban…
Y sin embargo, hace un instante
brillaba el sol. Qué alegre estaba mi cabeza,
disfrutándolo, siendo la primera en sentirlo
mientras las extremidades esperaban. Como una colmena
abandonada.
Alegre: esa es una palabra
que no usábamos desde hace tiempo.
OTOÑO
La parte de la vida
consagrada a la contemplación
estaba en conflicto con la parte
comprometida con la acción.
***
El otoño estaba a punto de llegar.
Pero recuerdo
que siempre estaba a punto de llegar
una vez acabada el colegio.
***
La vida, decía mi hermana,
es como una antorcha que ahora
el cuerpo le pasa a la mente.
Por desgracia, prosiguió, la mente no está
ahí para recibirla.
El sol se ponía.
Ah, la antorcha, dijo.
Se ha apagado, me parece.
Nuestra única esperanza es que esté titilando,
fort/da, fort/da, como el pequeño Ernst
al lanzar su juguete fuera de la cuna
para luego volverlo a recoger. Es una pena,
dijo, que no haya niños aquí.
Podríamos aprender de ellos, como hacía Freud.
***
A veces nos sentamos
en los bancos fuera del comedor.
Un olor a hojas quemadas.
Gente vieja y fuego, dijo.
Mala idea. Acaban quemando sus casas.
***
Qué llena tengo la cabeza
con las cosas del pasado.
¿Habrá suficiente espacio
para que quepa el mundo?
Tendré que ponerlo en algún sitio,
no va a quedarse sin más en la superficie…
***
Las estrellas brillan sobre el agua.
Las hojas esperan en un montón a ser quemadas.
***
Percepción, dijo mi hermana.
Ahora está aquí.
Pero es difícil ver en la oscuridad.
***
Debes buscar dónde poner el pie
antes de apoyar todo un peso.
SEGUNDO VIENTO
Creo que este es mi segundo viento,
dijo mi hermana. Muy
parecido al primero, pero aquel
acabó, lo recuerdo. Ah,
menudo viento era, tan fuerte
que las hojas se caían de los árboles.
Déjame que lo dude,
dije. Bueno, estaban
en el suelo, dijo mi hermana. ¿Te acuerdas
cuando corríamos por el parque en Cedarhurst,
cuando saltábamos sobre los montones, destrozándolos?
No saltabais nunca, dijo mi madre.
Erais buenas chicas; no os movíais de donde os dejaba.
En nuestra cabeza era diferente,
respondió mi hermana. La rodeé
con los brazos. Qué
hermana tan valiente eres,
dije.
LA PUESTA DEL SOL
I
Me alegro de que te guste, dijo él,
ya que tal vez sea de las últimas.
No había nada que decir;
de hecho, parecía el final de algo.
Era un momento solemne.
Nos quedamos un rato en silencio, observando.
Fuera se estaba poniendo el sol,
trazando el tipo de simetría evidente
que nunca se me pasa por alto.
Ojalá hubiera previsto, dijo,
el efecto de las palabras.
¿Ves cómo esto ha adquirido peso e importancia
desde que abrí la boca?
Podría haberlo hecho hace mucho, dijo,
y no haber perdido el tiempo empezando una y otra vez.
II
Mi profesor tenía un pincel en las manos,
pero en aquel momento yo también.
Ambos mirábamos el lienzo
de cuyas esquinas surgía
una turbulenta oscuridad; en el centro
supuestamente había un retrato de un perro.
El perro estaba algo forzado;
ahora era consciente. Nunca
se me han dado muy bien los seres vivos.
El brillo y la oscuridad me salen bastante bien.
Era muy joven. Habían pasado muchas cosas
pero nada había pasado
demasiadas veces, lo que supone una diferencia.
Mi profesor, que no había dicho una palabra, empezó a
dirigirse
a los demás estudiantes. Por mucha lástima que sintiera
de mí misma
sentía más lástima de mi profesor, que siempre llevaba la
misma ropa,
y no tenía vida, o al menos aparentemente,
solo un agudo sentido de lo que estaba vivo en un lienzo.
Con la mano que tenía libre le toqué el hombro.
¿Por qué, señor, no comenta las obras delante de
nosotros?, le pregunté.
Hace muchos años que soy ciego, respondió,
aunque cuando era capaz de ver tenía un ojo sutil y
experto,
cosa de lo que hay, creo, sobradas pruebas en mi propia
obra.
Por eso os encargo tareas, dijo,
y por eso os hago preguntas tan minuciosas.
En cuanto a mi tesitura actual: cuando a partir de la
desesperación
y el enfado de un estudiante juzgo que se ha convertido
en artista,
entonces hablo. Dime, añadió,
¿qué piensas de tu propia obra?
No hay suficiente noche, respondí. De noche puedo ver
mi propia alma.
Así es también como lo veo yo, dijo.
III
Estoy en contra
de la simetría, dijo. Sostenía en ambas manos
un trozo desigual de madera que en su día
había sido muy grande, como la rama de un árbol:
esto fue antes de su segunda vida en el agua,
tras la cual, aunque era más pequeña
en términos de masa, tenía una mayor
densidad espiritual. La madera flotante,
dijo, confirma mi opinión; por eso resulta
intrínsecamente dramática. Para dejar claro este punto,
golpeó la madera. Con bastante violencia, al parecer,
pues desprendió un trozo.
¡Movimiento!, gritó. ¡Esa es la lección! Mirad estos cuadros,
dijo, refiriéndose a los nuestros. Me he dedicado al arte
desde antes de que vosotros nacierais
y sin embargo mis lienzos tienen vida, rebosan
de vida… Entonces se calló.
Me quedé junto a mi obra, que ahora parecía rígida e
inerte.
Haremos ahora una pausa, dijo.
Salí un raro a la calle, al aire de la noche.
Era una noche fría. El pueblo estaba junto a una playa,
cerca de donde había estado la madera.
Sentí que no tenía ningún futuro.
Lo había intentado y había fracasado.
Había confundido mis fracasos con victorias.
Me vino a la cabeza la frase humo y espejos.
Y de repente mi profesor apareció a mi lado,
fumando un cigarrillo. Llevaba muchos años fumando,
su piel estaba llena de arrugas.
Hiciste bien, dijo, en hacer caso al instinto
y retirarte de la forma en que lo hiciste.
No muchos lo hacen, ya lo verás.
La obra llegará, dijo. Las líneas
surgirán del pincel. Entonces hizo una pausa
para mirar con calma el mar en el que, ahora,
se reflejaban todos los planetas. La madera flotante
no es más que un poco de teatro, dijo; entretiene a los
niños.
Aun así, dijo, es bastante hermosa, creo,
como esos árboles deformes que cultivan los chinos.
Bon – sai se llaman. Y me entregó
el trozo de madera flotante que se había roto.
Empieza de a poco, dijo. Y me dio una palmada en el
hombro.
IV
Intentad pensar, dijo el profesor,
en una imagen de vuestra infancia.
Una cuchara, dijo un muchacho. Ah, dijo el profesor,
eso no es una imagen. Lo es,
protestó el muchacho. Mira, la sujeto en la mano
y en el lado convexo aparece una habitación
pero distorsionada, se tarda más en ver el centro
que los dos extremos. Sí, dijo el profesor, es así.
Pero en un sentido más amplio, no lo es: si mueves la
mano
un solo centímetro, no lo es. No estabas allí, dijo el
muchacho.
No sabes cómo poníamos la mesa.
Eso es verdad, dijo el profesor. No sé nada
de tu infancia. Pero si añades a tu madre
a los muebles distorsionados, tendrás una imagen.
¿Será buena?, preguntó el muchacho. ¿Una imagen
poderosa?
Muy poderosa, respondió el profesor.
Muy poderosa y llena de presagios.
UNA FRASE
Todo ha acabado, dije.
Qué te hace decir eso, preguntó mi hermana.
Porque, dije, si no ha acabado, pronto lo hará,
lo que viene a ser lo mismo. Y en tal caso,
no tiene sentido comenzar
ni siquiera una frase.
Pero no es lo mismo, dijo mi hermana, que acabe pronto.
Todavía queda una cuestión.
Es una cuestión estúpida, respondí.
UN CUENTO PARA NIÑOS
Cansados de la vida rural, el rey y la reina
regresan a la ciudad, con todas las princesitas
haciendo ruido en el asiento de atrás, cantando la
canción del ser:
yo soy, tú eres, él, ella es…
Pero no habrá
conjugaciones en el coche, oh no.
¿Quién puede hablar del futuro? Nadie sabe nada del
futuro,
ni siquiera los planetas.
Pero las princesas tendrán que vivir en él.
Que triste se ha puesto el día.
Fuera del coche, vacas y pastos dispersos;
parecen en calma, pero la calma no es real.
La desesperación es real. Esto
es lo que saben madre y padre. Ya no hay esperanza.
Debemos regresar a donde se perdió
si lo que queremos es volverla a encontrar.
UN RECUERDO
Se apoderó de mí una enfermedad
cuya causa nunca llegó a determinarse,
aunque se fue haciendo más y más difícil
mantener una apariencia de normalidad,
de buena salud o de alegría existencial…
Poco a poco me fue apeteciendo estar solamente
con los que se me parecían; los busqué como pude,
algo que no era precisamente un asunto sencillo
puesto que estaban todos disfrazados o escondidos.
Pero al final encontré algunos compañeros
y en aquella época a veces salía a caminar
con uno u otro por el margen del río,
hablando otra vez con una franqueza que casi había
olvidado…
Y sin embargo, casi siempre guardábamos silencio.
Preferíamos
el río antes que cualquier cosa que pudiéramos decir…
En ambas orillas la alta maleza ondeaba
en calma, sin cesar, bajo el viento del otoño.
Y me pareció recordar este lugar
de mi infancia, aunque
en mi infancia no hubiera ningún río,
solo casas y jardines. Así que tal vez
estuviera regresando a aquel tiempo
anterior a mi infancia, al olvido, quizás
fuera ese río el que recordaba.
TARDES Y ANOCHECERES
Aquellos días dorados cuando tu muerte estaba cerca
pero aún podías entablar conversaciones casuales con
desconocidos,
casuales pero también premeditadas, de modo que las
impresiones del mundo
aún seguían tomando forma y cambiándote,
y la ciudad estaba en todo su esplendor, casi vacía en
verano,
aunque entonces todo sucediera más despacio:
comercios, restaurantes, una pequeña vinoteca con un
toldo a rayas,
donde una vez un gato estaba dormido en el umbral;
hacía fresco allí, en las sombras, y pensé
que me gustaría dormir así otra vez, no tener en la
cabeza
ni un solo pensamiento. Y después comimos pulpo y
saganaki,
mientras el cocinero cortaba hojas de orégano
sobre un platito de aceite…
¿Qué serían? ¿Las seis en punto? Así que cuando nos
fuimos aún había luz
y todo podía verse tal y como realmente era,
y luego te subiste al coche…
¿A dónde te fuiste luego, después de aquellos días
en los que aunque no podías hablar aún no te había
perdido?
CANCIÓN
Leo Cruz hace unos cuencos blancos preciosos;
creo que debería conseguirte alguno
pero ¿cómo? Esa es la pregunta
en estos tiempos
Me enseña
los nombres de las hierbas del desierto;
me ha dado un libro
ya que es imposible ver las hierbas
Leo cree que las cosas que hace el hombre
son más hermosas
que lo que existe en la naturaleza
y yo digo que no.
Y Leo dice
espera y verás.
Planeamos
recorrer juntos los senderos.
¿Cuándo?, le pregunto,
¿cuándo? Jamás:
eso es lo que no decimos.
Me enseña
a vivir en la imaginación:
sopla un viento frío
mientras cruzo el desierto;
alcanzo a ver su casa a lo lejos;
sale humo de la chimenea
Será el horno, me digo;
solo Leo hace porcelana en el desierto
Ah, dice, otra vez estás soñando
Y entonces digo: me alegro de estar soñando
el fuego aún sigue vivo

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