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| Doris Lessing (Irán, 1919 - Reino Unido, 2013) |
DORIS LESSING
Cuando el futuro se acuerda de nosotros
Traducción: María Antonia Neira Bigorra y Juan Carlos Rodríguez Aguilar
Tomado de: Las cárceles elegidas
Hubo una vez un granjero sumamente respetado y próspero que poseía uno de los mejores rebaños lecheros del país. Los granjeros de toda la mitad meridional del continente acudían a él en busca de consejo. Esto era en la antigua Rodesia del Sur, hoy Zimbabwe, donde yo crecí; acababa de pasar la segunda Guerra Mundial.
Yo lo conocía y también conocía a su familia; el granjero, que era de origen escocés, un día decidió importar de su patria un toro muy especial. Esto fue poco antes de que la ciencia descubriera cómo empaquetar embriones de becerros y enviarlos por correo aéreo de un continente a otro.
Después de cierto tiempo el animal llegó, en avión naturalmente, y fue recibido por un comité de bienvenida formado por granjeros, expertos agrónomos y amigos de su dueño. Había costado 10.000 libras; no sé cuánto sería eso hoy, más para el granjero era una gran inversión. Le construyeron un hogar especial: era un animal enorme impresionante, pero era manso como un cordero, se decía y parecía gustarle que le rascaran, a prudente distancia tras los barrotes de su corral, el cogote con una vara. Tenía su propio pastor, un muchacho negro de unos 12 años. Hasta este entonces todo iba bien: era claro que el semental pronto sería padre de un número suficiente de terneras y becerros, y ya se había convertido en una atracción para visitantes que, los domingos por la tarde, iban en automóvil hasta el corral y hacían comentarios acerca de aquel fabuloso animal de apariencia tan imponente pero tan dócil. Luego súbita e inexplicablemente, el animal mató a su cuidador, el muchacho negro.
Se celebró lo que podríamos llamar un tribunal de justicia. Los parientes del muchacho exigieron y obtuvieron una compensación, pero las cosas no acabaron ahí: el granjero decidió que había que matar al animal. Cuando se supo esto, muchos acudieron a él, rogándole que perdonara la vida del magnífico ejemplar. Después de todo, está en la naturaleza de los toros enfurecer súbitamente; todos lo saben, al muchacho se le había advertido de eso y sin duda se descuidó; obviamente, aquello no volvería a ocurrir nunca... Y ¿por qué desperdiciar toda esa potencia, esa fuerza para no hablar del dinero…?
¾El toro ha matado, el toro es un asesino y hay que castigarlo. Ojo por ojo y diente por diente ¾ dijo el granjero, inexorable, y el toro fue debidamente ejecutado por un pelotón de fusilamiento y enterrado.
Ahora bien, como he dicho, ese granjero no era un ignorante ni un pueblerino. Más aún, como todos los suyos (la minoría blanca gobernante) se quejaba mucho de los negros que vivían a su alrededor, diciendo que era gente primitiva, atrasada, paganas, etcétera.
Pero su acto ¾ el acto de condenar a muerte a un animal por haber hecho un mal ¾ se remonta al pasado más remoto de la humanidad, es algo tan antiguo que no sabemos dónde empezó; seguramente ya ocurría desde aquellos tiempos en que el hombre no sabía diferenciar bien a bien a los seres humanos de las bestias.
En cuanto a nuestro granjero, toda sugerencia que le hicieran sus amigos y otros granjeros, sin importar cuánto tacto pusieran al decírsele, era siempre rechazada con las palabras: “Muchas gracias, pero yo sé diferenciar el bien del mal”.
Puede hablar de otro incidente, en cierta ocasión un árbol fue sentenciado a muerte. Esto ocurrió a fines de la última guerra; el árbol evocaba el general Petain, considerado durante un tiempo como el salvador de Francia y luego como un traidor a la patria. Cuando Petain cayó en desgracia el árbol fue solemnemente sentenciado y ejecutado por colaborar con el enemigo.
A menudo recuerdo estos incidentes: representan acontecimientos que parecen adquirir mayor significado con el paso del tiempo. Siempre que las cosas parecen ir bien ¾ y estoy hablando de los asuntos humanos en general ¾ de pronto resurge un terrible primitivismo y la gente cae en conductas bárbaras.
Esto es lo que deseo discutir en estas cinco conferencias: la frecuencia con la que nos dejamos dominar por nuestro pasado salvaje, lo mismo como individuos que como grupo. Aunque a veces parece que estamos inermes, en realidad estamos recabando, y muy rápidamente (demasiado rápidamente para asimilarlo) conocimientos acerca de nosotros mismos, no sólo como individuos sino como grupo, como naciones y como miembros de la sociedad.
Vivimos tiempos en que resulta aterrador estar vivo: hoy es difícil pensar en los seres humanos como seres racionales, dondequiera que dirigimos la mirada vemos brutalidad y estupidez. Pareciera incluso que no hay otra cosa que ver; en todas partes prevalece un descenso hacia la barbarie que somos incapaces de evitar. Pero en mi opinión, aun siendo verdad que existe un deterioro general de nuestro comportamiento, precisamente porque las circunstancias son aterradoras nos quedamos hipnotizados y no notamos ¾ o si lo hacemos le restamos importancia ¾ la existencia de fuerzas igualmente poderosas y que son de naturaleza contraria: las fuerzas de la razón, de la cordura y de la civilización.
Sé que mientras digo estas palabras, habrá quienes estén murmurando: “Pero ¿dónde están esas fuerzas? Esta mujer debe estar loca para ver algo bueno en el caos que vivimos”.
Creo que la cordura debe buscarse precisamente en la capacidad que tenemos para juzgar nuestra propia conducta, en el proceso de reflexión que ejercemos cuando pensamos en el granjero que ejecutó a un animal para hacerle expiar un crimen, o en las personas que sentenciaron a muerte a un árbol y lo ejecutaron. Contra tales instintos primitivos, enormemente poderosos, tenemos esto: la capacidad de observarnos a nosotros mismos desde otros puntos de vista. Algunos de esos puntos de vista son muy antiguos, mucho más antiguos, tal vez de lo que suponemos.
No hay nada nuevo en la exigencia de que la razón gobierne los asuntos humanos. Por ejemplo, en el curso de un estudio que hice hace algunos años, tropecé con un libro indio de unos 2000 años de antigüedad, un manual para el gobierno juicioso de un Estado. Sus descripciones son tan precisas y ecuánimes, tan sensatas y racionales como las que pudiéramos dar hoy y su texto no es menos exigente en el terreno de la justicia (incluso en nuestros términos modernos de justicia). Pero la razón por la que menciono este libro ¾ que se llama Arthásàstra y fue escrito por un tal Kautilya, y por desgracia es difícil de encontrar en bibliotecas no especializadas ¾, la razón por la que lo menciono, decía, es que el libro, que parece tan inimaginablemente viejo, se refiere a sí mismo como el último de una larga serie de libros similares.
Podría decirse que ésta es más una razón para el pesimismo que para el optimismo; que, después de tantos miles de años de saber perfectamente bien cómo debe administrarse un país, es terrible que estemos tan lejos de lograrlo, pero ¾ y ésta es toda mi idea y el punto principal de lo que quiero decir ¾ lo que ahora sabemos acerca de nosotros mismo es mucho más complejo y toca mucho más hondo de lo que entonces se sabía, de lo que se ha sabido durante estos largos miles de años.
Si tan solo pusiéramos en práctica todo lo que sabemos… pero ése es precisamente el problema. Supongo que cuando la gente recuerde nuestra época se asombrará de una cosa: se asombrará de que hoy conozcamos más acerca de nosotros mismo que la gente del pasado y que, sin embargo, pongamos en práctica muy poco de ese conocimiento. Ha habido un gran desarrollo de la información acerca de nosotros mismo; tal información es el resultado de la capacidad, incipiente aún, de la humanidad para contemplarse de manera objetiva. Esta información trata de nuestros patrones de comportamiento; las disciplinas que se ocupan de esto a veces son llamadas ciencias de la conducta y versan sobre cómo actuamos individualmente y en grupo; no tratan acerca de cómo nos gusta pensar que actuamos y funcionamos, (lo cual a menudo es muy halagüeño), sino acerca de cómo se puede observar que estamos realmente comportándonos, con una observación tan desapasionada como cuando observamos la conducta de otras especies. Estas ciencias sociales o conductuales son, precisamente, el resultado de nuestra capacidad de ser objetivos y de no halagarnos gratuitamente. Hay una gran masa de información nueva que proviene de las universidades, de los centros de investigación o de los agudos y talentosos observadores que se ocupan de estos fenómenos y sin embargo nuestras maneras de gobernarnos esencialmente no han cambiado.
Nuestra mano izquierda no sabe ¾ no quiere saber ¾ lo que hace nuestra mano derecha.
Esto, creo yo, es lo más extraordinario que puede verse en nosotros hoy, como especie. La gente del porvenir seguramente se maravillará de ello, como nosotros nos maravillamos ante la ceguera e inflexibilidad de nuestros antepasados.
Yo paso bastante tiempo pensando en lo que opinarán de nosotros quienes vengan después; no es un interés ocioso sino un intento deliberado por ejercitar la capacidad de ese “otro ojo” con el que podemos juzgarnos a nosotros mismo. Todo el que lea un poco de historia sabe que las convicciones apasionadas y poderosas de un siglo suelen parecer extraordinariamente absurdas al siglo siguiente; no hay época histórica que no parezca igual a como debió parecerle a quienes vivieron en ella. Lo que vivimos, en cualquier época es el efecto que sobre nosotros ejercen las emociones de las masas y las condiciones sociales, de las que es casi imposible separarse. A menudo las emociones de la masa parecen las más nobles, mejores y más bella. Sin embargo, en un año, en cinco años, en una década, en cinco décadas, la gente se preguntará: “¿Cómo pudieron creer eso?”, porqué habrá ocurrido acontecimiento que arrojarán dichas emociones de las masas al basurero de la historia (para acuñar una frase).
Las personas de mi edad han presenciado seguramente varias de estas bruscas inversiones. Mencionaré solo una: durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la Unión Soviética fue invadida por Hitler y se convirtió en aliada de las democracias, la opinión popular empezó a considerar a ese país con cariño. Stalin era el Tío Pepe, el amigo del hombre de la calle. Rusia era la tierra de los valientes, de los hombres enamorados de la libertad y el comunismo era una interesante manifestación de la voluntad popular... que debíamos imitar. Todo esto duró cuatro años y luego, de pronto, casi de la noche a la mañana se invirtió. Todas esas actitudes resultaban ahora erróneas y traicionera, se habían convertido en una amenaza para todos; las personas que habían estado conversando sobre el Tío Pepe de pronto, como si nada hubiera ocurrido, empezaron a repetir los lemas de la Guerra Fría. Un extremo sentimental y tonto engendrado por las necesidades de la guerra, fue reemplazado por otro extremo, también irracional y tonto. Basta haber presenciado una vez semejante inversión para adquirir un ojo crítico ante las actitudes populares de un determinado momento.
Creo que los escritores por su naturaleza logran más fácilmente este desapego de las emociones de las masas y las condiciones sociales; los que continuamente están examinando y observando pueden criticar mejor lo que examinan y observan. Considérense todas esas utopías de descrita a lo largo de los siglos: la Utopía de Moro, la Ciudad del Sol de Campanella, las News from Nowhere, de Morris, Erehwon de Butler (que, leído al revés es nowhere [en ninguna parte], así como todos los muchos y diferentes esquemas de posible futuros, engendrados por los actuales escritores de ciencia ficción que, en realidad, son herederos de la misma tradición. Desde luego todas son utopías críticas de sus sociedades, entonces actuales, pues no es posible escribir una utopía en el vacío.
Los novelistas desempeñan muchas tareas útiles para sus conciudadanos pero una de las más valiosas es ésta: capacitarnos para vernos a nosotros mismos como otros nos ven. En las sociedades totalitarias se desconfían de los escritores precisamente por esta razón. Así, en ninguno de los países comunistas se les permite ejercer esa función, la de criticar.
Yo veo a los escritores de cada país como una unidad, casi como un organismo que fue creado por su sociedad como medio de examinarse a sí misma. Este “organismo” está en constante cambio y, por tal, es diferente en cada época. Su evolución más reciente, como decía, ha sido la proclividad para producir novelas y cuentos basados en los descubrimientos de la ciencia o en los temas relacionados con el espacio exterior (como era natural por los demás, puesto que la humanidad está estudiando ahora el espacio exterior y sólo recientemente ¾ hablando en términos históricos ¾ adoptó la ciencia como una actitud deseable). Debemos esperar a que este organismo se desarrolle y cambie como lo hace la misma sociedad, pero no está consciente de sí en tanto en el organismo, en tanto que conjunto, aunque creo que pronto lo estará.
El mundo está volviéndose uno solo y esto nos permite a todos ver nuestras sociedades como diferentes aspectos de un todo; las partes de cada una de esas sociedades, a su vez, son compartidas por todas ellas. Si ustedes ven a los escritores de este modo, como un estrato, como una capa, como una corriente en cada país, todos ellos muy variados, pero en conjunto, integrantes de un todo, verán que esto anula las diferencias, diluye la frenética competencia, que entre ellos continuamente engendran los premios literarios y otras condecoraciones similares. Es mi creencia que en todas partes los escritores son manifestaciones unos de otros, aspectos de una función que ha sido creada por la sociedad.
Los escritores, los libros, las novelas se usan de este modo, se emplean de acuerdo con esa función, aunque las actitudes conscientes hacia los escritores y la literatura no lo reflejen, aún no.
Según un amigo antropólogo, las novelas deberían ubicarse en el mismo estante que los libros de antropología; los escritores ofrecemos comentarios acerca de la condición humana y continuamente la analizamos y la discutimos: ése es nuestro tema. La literatura es uno de los medios más útiles que tenemos para lograr ese “otro ojo”, esa manera objetiva de vernos a nosotros mismos; la historia, por cierto, es otro medio. Sin embargo, los jóvenes no ven así ni la literatura ni la historia, (lejos de ello); aún no las conciben como útiles indispensables para la vida… pero a ello volveré más adelante.
Por lo pronto volvamos a nuestro granjero y su toro; podría argüirse que el súbito recurso del granjero al primitivismo no afectó a nadie más que a él y a su familia y que fue un incidente pequeñísimo en el amplio escenario de los asuntos humanos, pero exactamente lo mismo podía apreciarse en los grandes hechos que afectan a centenares o hasta millones de personas; por ejemplo, cuando aficionados británico e italianos al fútbol se enfrentaron recientemente en Bruselas, se volvieron como animales (los testigos y los comentaristas no dejaron de insistir en ello); los vándalos ingleses incluso orinaron sobre los cadáveres de sus víctimas italianas. Aquí no me parece muy útil emplear el término animal; tal vez este sea un comportamiento animal, no lo sé, pero ciertamente es un comportamiento humano que surge cada vez que las personas descienden a la barbarie; así ha ocurrido durante miles, probablemente millones, de años (dependiendo de que fecha consideramos como el inicio de nuestra historia como seres humanos, diferente de los animales).
En tiempos de guerra ¾ como lo sabe todo el que haya pasado por una o quien haya platicado con soldados que narren hechos verídicos y no recurran a los acostumbrados sentimentalismos con que nos protegemos de los horrores de los que somos capaces ¾, en tiempos de guerra, decía, volvemos con especie, al pasado y nos damos licencia para ser brutales y crueles. Por esta razón ¾ y desde luego por otras ¾ a muchos les gusta la guerra y éste es uno de los hechos de la guerra que no suelen comentarse.
Creo que es una forma de sentimentalismo hablar de la guerra, o de la paz, sin reconocer que a muchísima gente le gusta la guerra: no sólo el concepto de ella, sino la lucha misma. A mí me ha tocado oír a muchas personas hablar de la guerra, de la prevención de la guerra, de lo terrible de la guerra, sin siquiera mencionar una vez que para un gran número de personas la idea de la guerra es emocionante y que, al término de una, llegan a decir que aquella fue la mejor época de su vida. Esto puede ser cierto incluso de personas cuya experiencia en la guerra ha sido terrible y cuya vida ha quedado arruinada después de la lucha armada.
Los que han pasado por una guerra saben que cuando esta se aproxima, empieza a sentirse un júbilo secreto, al principio no reconocido como si se tratase de un tambor casi inaudible que redobla continuamente; en el aire flota una emoción terrible, ilícita, violenta, luego ese júbilo se vuelve demasiado poderoso para poder pasarlo por alto; entonces todos quedan poseídos por él.
Antes de la primera Guerra Mundial los movimientos socialistas de toda Europa y de América declaraban que el capitalismo estaba fomentando la guerra y que las clases obreras no tendrían nada que ver con ella, pero en el momento en que la guerra realmente estalló y comenzó ese júbilo fascinante y ponzoñoso, quedó olvidada su razonable y decorosa resolución de mantenerse al margen. Yo he oído a jóvenes hablar de esto sin entenderlo, no comprenden cómo pudo ocurrir y es que no han este experimentado (nadie los ha prevenido) ese terrible entusiasmo público que es tan poderoso. Es poderoso porque proviene de una parte del cerebro humano, de un rincón de la experiencia que es más antigua que la parte racional, humanitaria y decente que condena la guerra. Pero supongamos que los delegados que participaban en esa conferencia de socialistas hubiesen tenido esa información y ¾ algo más importante ¾ supongamos que hubiesen estado dispuesto a entablar una discusión acerca de cómo los afectaba (pues es muy fácil llamar primitivo a los demás y difícil reconocer que tal vez nosotros lo seamos); sin duda habrían sido mucho más eficaces en su intento y las masas obreras de Europa, habrían podido negarse, como todos habían esperado en vano que ocurriera, a ir como por corderos al matadero.
Hace poco, cuando estuve en Zimbabwe, dos años después de declarada la independencia y al término de aquella horrible guerra que fue mucho más espantosa y bárbara de lo que jamás se nos ha contado, conocí a soldados de uno y otro bandos, blancos y negros. La primera cosa que llamaba la atención ¾ cosa obvia para los demás aunque no para ello ¾ era que habían quedado conmocionados: siete años de guerra los habían dejado en un estado de estupor, con la mente en blanco; creo que semejante estado se debe a que, cuando nos vemos obligados a reconocer, por experiencia real, de lo que somos capaces, resulta tan terrible que no podemos tomarlo a la ligera; acaso no podemos asimilarlo y deseamos olvidarlo; pero había otra cuestión, tal vez más interesante para los fines de esta plática: quedaba claro también que quienes realmente se habían combatido en uno u otro bando, blancos y negros, habían disfrutado intensamente en la guerra; había sido una lucha que exigió gran destreza, valor individual, iniciativa y recursos: éstas son las habilidades del guerrero, talentos que durante una larga vida en tiempo de paz nunca habían tenido aplicación. La gente puede sospechar que tiene esos talentos y, en secreto, anhelar una oportunidad para mostrarlos; creo que ésta no es la última de las razones por la que ocurren guerras.
Estas personas, blancas y negra, hombres y mujeres, habían vivido en una situación extrema de tensión, alerta y peligro, dando pleno uso a todas sus capacidades. He oído decir algunos de ellos que nada podría igualar esa experiencia; los horrores de la guerra estaban demasiado cerca para que se atrevieran a decir que fue “el mejor momento de nuestra vida”, pero estoy segura de que empezaban a pensarlo. Desde luego estoy hablando de los auténticos combatientes, no de los civiles que sufrieron una época terrible en que las tropas del gobierno blanco y las guerrillas negras abusaban de ellos para sus propios fines y los trataban con brutalidad.
Ahora, cuatro años después, esa guerra pertenece al pasado, y ha quedado formalizada mediante una serie de palabras, imágenes del heroísmo. Los jóvenes probablemente tendrán un pequeño e inconsciente anhelo de ella cuando oigan lo que les cuenten sus padres (si sus padres fueron soldados, claro está). Los civiles que sufrieron los estragos de la guerra no hablarán mucho, pues, habrán aprendido la imposibilidad de comunicar lo más horrible, pero los soldados negros (casi todos los cuales tuvieron que ir a la guerra cuando apenas salían de la niñez) y los soldados blancos hablarán de ella con nostalgia. Será la guerra de liberación, la guerra gloriosa que, no obstante, causó tanto daño psicológico al país y a su pueblo (daño que después de concluida la lucha armada sencillamente no queremos considerar). Tal vez no podamos considerarlo, precisamente debido a sus estragos. Esa guerra heroica y gloriosa fue, en primer lugar, completamente innecesaria y hubiera sido fácil evitarla con un mínimo de sentido común por parte de los blancos. Sin embargo, estos eran presa de toda clase de emociones primitivas: “Tomaré mi fusil y lucharé hasta la última gota de mi sangre”; esta es una cita textual y acaso convendrá citar la frase completa de donde proviene: “Si creen que rojos como usted y el gobierno británico van a entregar nuestro país a los negros, tomaré mi fusil y lucharé hasta la última gota de mi sangre”. Y así se hizo.
Hace no mucho oí precisamente el mismo sentimiento en boca de un sudafricano blanco. Efectivamente, parecería que contra pasiones tan primitivas como éstas no puede hacerse nunca caso a la tenue vocecilla de la razón. En el caso de Sudáfrica las experiencias ya pasadas en Kenia y de Rodesia blanca, parecen no haber enseñado nada. Aunque tal vez (y esto es lo que deberíamos anhelar) entre los fanáticos se encuentran hombres y mujeres razonables que hayan mirado desapasionadamente hacia Kenia y hacia Rodesia y hayan aprendido algo; tal vez, aunque no es lo que parece hasta ahora.
Tenemos la palabra sangre: los políticos y dirigentes siempre la emplean para elevar nuestra temperatura. “El árbol de la libertad debe ser regado de cuando en cuando con la sangre de patriotas y de tiranos: en su abono natural”, lo dijo Thomas Jefferson.
“La sangre de ramada por nuestros soldados nos inspirará en tiempo de paz.” “¡Sólo por medio de la sangre podemos renacer!” “El camino hacia un futuro glorioso pasa por la sangre.” “La sangre de nuestros mártires será nuestra inspiración: jamás olvidaremos la sangre que derramaron por todos nosotros.” No es excesivo decir que cuando se pronuncia la palabra sangre la razón está a punto de abandonarnos.
Todo este asunto de la sangre se remonta desde luego, al sacrificio ritual, a los miles de años durante los cuales los sacerdotes cortaron el cuello, primero de seres humanos, luego de animales para que corriera sangre y se aplacara alguna de deidad salvaje. Esto es cala muy hondo dentro de nosotros: el sacrificio de la sangre, las víctimas sacrificiales, los chivos expiatorios. Cuando un dirigente invoca la sangre para motivarnos a que lo apoyemos a él y a su causa, deberíamos ponernos inmediatamente en guardia, deberíamos pensar en esos largos milenios en que se emplearon la sangre y el sacrificio con el argumento de proteger la vida de nuestros antepasados. Ocurre que nuestra vida no necesita sangre: solo recurrimos a ella cuando se nos obliga. ¡Y pensar que casi siempre a los líderes que están dispuestos a invocar la sangre son los mismos que dicen estar a la vanguardia del progreso, de la ilustración, etcétera! Quizás el único consuelo al que podemos aspirar cuando contemplamos la historia humana, sea el placer de la ironía... “Ahogaremos al enemigo en mares de su propia sangre.” Claro, al enemigo...
No hace mucho tiempo se efectuó un experimento muy interesante en cierta universidad norteamericana; una universidad pequeña cercana a un poblado que tenía en nexos directos con la universidad. Un día los representantes del departamento de psicología invitaron a los habitantes del pueblo a ir a las instalaciones universitarias para participar en el experimento. Era un bonito día y la universidad era un lugar agradable; lugareños y universitarios estaban habituados a llevar buenas relaciones, así que varios cientos de personas llegaron a la universidad a la hora señalada. Y entonces… no ocurrió nada. Nada. Por ninguna parte se veía a los psicólogos; los visitantes, dispersos, aguardaban; luego empezaron a buscar a viejos conocidos y amigos, pero nada sucedía. Pronto empezaron a decir que habían llegado hasta allá para que no pasaran nada, que lo habían engañado, y al poco rato comenzaron a discutir; se formaron dos bandos con opiniones marcadamente opuestas; cuando toda la muchedumbre se había dividido en dos, surgieron portavoces de cada bando. Vinieron entonces los debates, luego las disputas. Ya no sólo se discutía la cuestión de que hubiesen sido invitados a su universidad (los lugareños la consideraban suya) para ser desairados, sino que ventilaba toda clase de asuntos externos y surgían desacuerdos, se decía que esta ocasión había resultado después de todo muy útil, porque era una oportunidad para “sacar las cosas al aire, de una vez por todas”, como dijo una señora. Los dos bandos empezaron a reñir de manera violenta. Hubo pequeñas escaramuzas, primero entre los jóvenes. En ese punto, cuando ya era obvio que ocurrían enfrentamientos más graves, aparecieron los psicólogos y dijeron que, como lo habían explicado desde un principio, se trataba de un experimento social. Se estaba investigando la tendencia de la mente humana a ver las cosas por pareja: esto o lo otro, negro o blanco, yo y tú, nosotros y ustedes, bueno y malo. Las fuerzas del bien, las fuerzas del mal.
¾ Ustedes, la masa, dijo uno de estos intrépidos investigadores¾, solo han estado aquí un par de horas y ya están separados en dos bandos bien diferenciados y con sus propios dirigentes; cada bando se ve a sí mismo como depositario de todo lo que es bueno y considera al otro bando, en el mejor de los casos, equivocado; estaban a punto de pelear por diferencias absolutamente inexistentes.
No sabemos cómo terminó aquella jornada, pero espero que haya sido como una gran fiesta en que todas aquellas pasiones tan artificialmente inflamadas desaparecieran bajo la armonía y la buena voluntad general.
Con este ejemplo vemos nuestra propensión a considerar que nosotros estamos en la razón y que los otros en el error; nuestra causa es la buena, la de ellos la mala, nuestras ideas son las rectas, las otras absurdas (si no es que absolutamente perversas...) En nuestros momentos de serenidad, en nuestros momentos humanos, en los momentos en que pensamos, reflexionamos y permitimos que nuestra mente racional nos domine, todos sospechamos que eso de “yo tengo la razón, tú no la tienes” es, sencillamente, absurdo. A través de la historia, el desarrollo y el progreso se abren paso mediante una interacción y una influencia mutua, y hasta los más violentos extremos de pensamiento y de conducta se entrelazan en la urdimbre general de la vida humana, como si fueran una hebra de la misma tela; podemos ver este proceso una y otra vez en la historia. De hecho, es como si lo real del desarrollo humano ¾ la corriente principal de la evolución social ¾ no pudiese tolerar extremos y tratase de expulsar esos extremos (y a los extremistas) o librarse de ellos absorbiéndolos en la corriente principal.
“Todo es un fluir…” como dijo Heráclito, el viejo filósofo griego. No puede decirse que yo tengo la razón o que mi bando tiene la razón, porque en una generación o dos mi actual modo de pensar está condenado a parecer un tanto ridículo ¾ o quizás caduco del todo ¾ por obra de nuevos avances; en el mejor de los casos parecerá algo que se ha modificado (una vez agotadas las pasiones) y ha llegado a formar parte, acaso pequeña, de un gran proceso, de un desarrollo mayor.

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