Fotografía

Fotografía: Marisol Zurita Aguilera. Isla de Chiloé. Chile.

martes, 20 de octubre de 2015

La isla inquieta


La isla de Olof Hermelin (Suecia 1827-1913)


 
 
 Por Gilberto Aranguren Peraza


“Y en el espacio de aquel hueco inmenso y mudo, Dios y yo éramos dos”
Juan Ramón Jiménez
Espacio



No es el Edén, ni el cielo, ni un libro, ni los versos inventados por niños en las madrugadas. Es un hombre con muchas voces. Una isla de muchos hombres. Un hombre con muchas islas. Es un átomo tan pequeño e indivisible, forma una molécula tan honda como los sentimientos ancestrales, vibra en la música de una célula despeinada. Es la tarde cuando los perros aúllan al sol el cual huye despavorido ¡Qué alegres ladran los perros en esta calle! Ellos despiden luz y escapan por el orificio donde aparecen los sonidos y su forma descuida los secretos. Siguen aullando hasta desaparecer la aldea. Sin remedio lo hacen en esta isla tan pequeña como un hombre, donde aparecen disimulados los astros y los seres, el niño y el anciano, la madre y la amante. En su centro hay un árbol. Él mira hundido al río en un cristal, su personalidad es calma y llanura. Posee un corazón alegre porque sus raíces se introducen por debajo del río y llegan a la otra orilla, ellas observan la copa de su cuerpo. En su tronco se rinden entusiasmadas las mujeres. Bailan desnudas al ritmo de las avenidas hechas con palmas y cañas, cubiertas de un mármol duplicador de grietas. Se desnudan para almorzar y morir. Danzan como monjas con cervezas en las manos deseosas y encaramadas. El árbol, inmóvil y con la vista al frente, es hombre y sombra a la vez, conversa con entusiasmo, sin razas ni especies distintas y sin la noción clasificadora de los espíritus. Todo es un conjunto. Una cantidad reunida. Un sentimiento invernado. A esta altura del peligro, todo es un tumulto de recuerdos. Un bulto en las marismas con trombas, nubes y una expresión tántrica de caos. Esta isla es una casa. Se desarma y crea la vida. Tan vieja es esta casa de bordes y paredes, con aceites traídos de lo profundo del abismo, sus espacios son manchas deformadoras de rumores y es tanto como el segundo y como la austera sensación de dejarlo todo en sus manos. En la fragilidad del baile se invaden los ruidos de la tarde, sin conocer el color dejado por el otoño y por los aires fríos previos del invierno. Los espíritus se sienten invitados, son dioses regidos por el suelo de agua y barro. Ese es el destino de los dioses de este mundo, y agradecidos han de estar por la compañía angelical de la tierra. Porque quiso integrarse siguió siendo dios. Tú, dios en la imaginación. Yo, dios de esta realidad donde habitan los pechos de vidrio. Somos integración bordada de esferas y ramas, árboles intranquilos hundidos en el agua de esta isla distanciada del Edén, del cielo, de los libros y de los versos inventados por los niños en las madrugadas.

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En nuestro día a día, perdemos de vista las cosas sencillas de la vida, el autor Gilberto Aranguren, a través del género poético, construye imágenes que conforman la interioridad de su mundo, le da importancia a cada aspecto de su vida y elige con cuidado aquello que le parece valioso y que pueda marcar totalmente la diferencia, él sabe que hay un mundo en su interior invisible para los demás y que cada evento exterior representa una ventana a su interior, ¡sus poemas son su reflejo!

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Los ruidos de la casa

LOS RUIDOS DE LA CASA es una mirada íntima de los sonidos detectados por el espíritu como residencia suprema de los sentidos, en especial del sentido auditivo, el cual se afina para escuchar los sonidos que están dentro y que asoman el vínculo entre lo estético y la intangibilidad del alma. Las imágenes estremecidas por los ruidos se manifiestan y se van haciendo parte del cuerpo consolidando y convirtiendo la casa estremecida con los sonidos de Dios, en un canto donde el amor deja al dedo enredado en los hilos del mantel. Las imágenes del ruido, la casa, los fantasmas, la cama, la puerta, son un todo, son uno en la vida del espíritu del autor. “En mi casa hay miles de jarrones un perro llorón por las noches una sonrisa pegada en la pared izquierda una almohada en el salón de nieve y un cuarto de estrellas lleno de grillos.”