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| Vicente Huidobro (Chile, 1893 - 1948) |
VICENTE HUIDOBRO
Salvad vuestros ojos
(Novela Posthistórica)
Era el día de Navidad, el 1° de mayo. Del cielo caían hombres de nieve y toneles llenos de truenos. Sobre el mundo flotaban los tres últimos corazones calafateados: la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad. Era el último día del nuevo año. El árbol del idealismo, ese árbol sentimental, en el cual se mecían los nidos de los filósofos materialistas, fue abatido de golpe por un solo trueno de helio.
Los hombres se habían convertido en cebollas cocidas, con un palillo de dientes entre los dedos de los pies y una bandera de colores sagrado en el ojal derecho del pantalón izquierdo. Diez minutos más tarde, los hombres habían desaparecido, y la última mujer masticaba sus píldoras orientales, sentadas sobre las teclas de la más alta montaña de la Tierra. Tenía un cierto parecido con el Arca de Noé, aunque su barba era un poco más larga y su palomo un poco más corto. Sin embargo, llevaba en el pico de su mirada aviesa una hermosa rama de olivo. (Este olivo se ha convertido hoy en el alfiler de corbata de los cortacircuitos especializados.)
Como el lector debe haber comprendido, el hombre ha desaparecido de la faz de la Tierra, y en su lugar podemos ver al glóbulo, hermafrometálico, esbelto y elegante, no más ancho que la mitad de la oreja, del Ángelus de la tarde, ni más largo que el meridiano de Greenwich a las 6.40 del día.
Este ser, elegante y esbelto, está perfectamente estandarizado y se puede comprar por dos francos cincuenta en todos los almacenes bien provistos. Su espacio individual no pasa de 25 centímetros cúbico. Cuando su respiración excede algo más allá de esta medida, él la pliega en dos y aún en tres, según las circunstancias.
Aquí debemos advertir, para la perfecta comprensión de nuestra historia, que estos seres cuando se encuentran aislados, se llaman Antonio, y cuando se les encuentren en grupos, se llaman José. Sus mujeres, cuando la cantidad de glóbulos que la forma pasan de un metro de altura, se llaman Carolina; cuando no llegan a un metro se llaman Rose Marie.
Los Antonio, que desde hace tiempo han sobrepasado nuestro plano físico de vanguardia colectiva y nos han aniquilado completamente; los Antonios, repito, llevan, en el sitio en donde nosotros llevábamos los bigotes almidonados, magníficas corrientes alternativas que tienen el gesto altivo del índice que Virgilio dejó olvidado en un tronco de árbol, pocos días antes de su muerte. Esto en cuanto a los bigotes, ahora en cuanto a los otros pelos que a nosotros nos servían para saber la hora precisa en cualquier momento del día o de la noche, ellos no los poseen, pero tienen en su sitio pequeños arcoíris cantantes, cubiertos cada uno de hemisferios de aluminio.
Los Josés tienen un carácter que se asemeja al paladio 36, que es más ligero que el agua y sus lebreles. Los José son transparentes como la estratosfera antes del descubrimiento de América. Van rodeados de un círculo de humo que les confiere un aire coqueto, gracioso e higiénico. Poseen un talento especial para descifrar los jeroglíficos del tiempo de los hombres. Ellos descifraron el magnífico himno religioso que aquí incluimos para solaz y meditación de nuestros cultos lectores.
Cuando vosotros hayáis empleado los anteojos eternos con perfume de meteoros para vuestra T8, o vuestra M15, vosotros no rascaréis jamás el infinito, ni la tormenta de la élite del mundo elegante, mi el lagarto africano sobre todas las grandes marcas.
Buena suerte, el día de gloria ha llegado con el big Satán desnudo, sólo después de medianoche, cuyo renombre mundial de vías urinarias va creciendo siempre.
Cualquiera que sea vuestro nuevo cuadro de adherencia, no agravéis el mal rascándoos el marinero, pues el órgano excepcional os da absoluta seguridad.
Si tortugas voladoras oscurecen vuestras vistas, si vuestra nariz os parece lacrimosa y pegada en las mañanas contra los muros y vuestros labios son rápidos como los servicios de la muerte o las preparadoras y picadoras de tallos, no os asustéis. Ello significa siempre la esencia de la más alta temperaturas.
Allons enfants de la patrie, salvad los ojos de los marineros.
Para la perfecta comprensión de nuestra historia, debemos ahora dar algunos detalles sobre las Carolinas y también sobre las Roses Maries. Las Carolina son glóbulos, hermafrometálicos, con un talle permanente de películas, protectoras sobre las piezas movibles. Cuando empiezan a girar están frías y dan un mejor funcionamiento. Su temperatura es considerable cuando la presión influye sobre sus cualidades lubricantes, pero las impurezas que se deslizan no perjudican a su eficacidad. Ellas absorben el calor, y es de suma importancia el vaciarlas a menudo.
Las Rose Maries son perversas. En su trayecto, a través del mundo absorben y evacuan una gran cantidad de vitaminas celestes. Esta participación a la vida solo puede ser asegurada por un magnetismo de primera clase en venta en bidones sellados. Ello es una garantía para vuestra vida privada y económica.
Estos seres han transformado el mundo, han barrido los continentes y los mares de la Tierra. La Australia se ha convertido en un ruido colectivo. Europa es un ojal para las legiones de nebulosa y las condecoraciones de danzas postparanóyicas. Del África hicieron un estercolero tricolor para la electricidad arcaica de los aeroplanos sentimentales o venecianos, perfumados de jazmín y los altoparlantes de la sabiduría.
Aquí debemos advertir para la perfecta comprensión de nuestra historia que los únicos seres que no pudieron ser barridos por los glóbulos hermafrometálicos fueron las ardillas. Estas pequeñas snobs de los pinos, estas comedoras de luto, estas fabricantes de motores a corazón, estas paladeadoras del dolor, estas decapitadoras de las hermanas de los incas, estas inventoras del viento norte se paseaban sobre los desiertos del racionalismo, burlándose de los glóbulos hermafrometálicos. Les hacían sentir el aroma de lavanda e imitaban los gritos y los canto de los búhos, de los relojes y de los curas, de tal modo que los glóbulos temblaban como nosotros ante los espectros. Servían salchicha descentradas y mostraban imágenes vergonzosas del tiempo de las revoluciones cuando los burgueses se empecinaban en defender y propagar su lepra ultravioleta. Entonces los glóbulos enrojecían y los coladores que las protegían contra toda metafísica empezaban a estornudar como cuentos de hada. ¿Quién podía garantizar a los glóbulos hermafrometálicos que las ardillas no poseían un poder cabalístico y que de un instante al otro no harían surgir praderas materialistas llenas de miosotis y de confesionarios? ¡Ah! Estas pequeñas vengadoras y revendedoras de la melancolía, estos sacerdotes del buen comer, eran enemigos encarnizados del Antonismo y del Joséfismo, de la higiene y de las matemáticas.
¿Por qué razón hemos olvidado hablar de América y de Asia? Debía de haber alguna razón para semejante olvido. No había razón alguna para tal olvido. América se convirtió en un suspiro perforado. El Asia se convirtió en un fuego fatuo sutil y prestidigitador. Así, pues los cinco continentes no ladraban más en las noches de luna.
Para la perfecta comprensión de nuestra historia, debemos contar al lector lo que sucedió una tarde del año O3Z7.
Rose Marie se paseaba por las selvas fluídicas, contemplando en pequeños espejos de centellas sus hermosos labios indefrisables, cuando de repente encontró una vieja caverna olvidada. La curiosidad, esa virtud de los ascensores y de los timbres eléctricos, la hizo penetrar en sus laberintos. Después de mucho andar en las tinieblas, encontró tendido entre las rosas el cadáver petrificado de un viejo lobo del aire, con la pipa aún humeante entre los labios y el rostro quemado por los soles inocentes de la prehistoria filosófica.
Rose Marie sentía las atracciones generatrices y los imanes genitivos de José y, como es natural, corrió a contarle su hallazgo. Todo el mundo sabe que los Josés, gracias a una larga experiencia, a sus instrumentos constantemente perfeccionados y a la excelencia de sus métodos, producen un calor capaz de satisfacer plenamente cualquier exigencia. Pero la experiencia, que antes nacía sólo en la punte extrema de cada cabello blanco y que ahora nace tres meses antes que ellos empiecen a echar raíces, les ha enseñado a evitar los momentos peligrosos y salvar dignamente las dificultades por medio de un simple deslizamiento de dos piezas aisladoras, la una contra la otra, lo que produce una protección eficaz y permanente de sus propiedades climáticas íntimas y reduce a la nada a todos los ataques. José, seguro de sí mismo, siguió a Rose Marie en medio de la selva fluídica y bajó con ella hasta el fondo de la caverna perdida. Allí, como podía preverse, la discusión estalló.
-Te afirmo que no es un viejo lobo del aire - dijo José -. Es el futuro sondado desconocido.
-Desengáñate ¾ exclamó Rose Marie, desdeñosa -, no cabe duda de que es un viejo lobo del aire; mira cómo la pipa humea entre sus labios y cómo sus manos tienen forma de aterrizaje forzoso.
-Yo no veo tan aterrizaje forzoso, y en cuanto a la tal pipa, ella no es sino un cometa que le cuelga de la boca o, si prefieres, una especie de vómito de fuego en el cual se ve una brújula que marca noventa años, después del nacimiento de José. Sostengo que es el futuro soldado desconocido; mira cómo le brotan medallas sobre la nariz y observa su sonrisa socarrona.
-Imposible. Si fuera el futuro soldado desconocido, daría evidentes signos de vida. Además, eso probaría que iban a haber aún guerras, lo cual es un grave error científico, como tú sabes.
¾Nunca he dicho que sea el soldado desconocido de futuras guerras nuestras, no me tomes por imbécil; digo que iba a serlo de las guerras de los hombres, y no alcanzó a realizar su sueño porque la muerte le sorprendió antes de la última guerra.
Para la perfecta comprensión de nuestra historia, debemos decir al atento lector que esta terrible discusión removió las fibras armoniosas del futuro soldado desconocido, el cual despegando sus labios de mármol, dejó caer la pipa y cantó esta hermosa canción:
Yo he visto dos ardillas
Haciendo morisquetas,
Ordeñar un sepulcro
Lanzando palanquetas.
Por qué razón el paraguas
Ha bajado de los cielos,
Por qué razón las ardillas
Se escobillan en sus vuelos.
Por qué la guerra que yo espero
Se perdió en el bosque espeso.
Después de entonada la última palabra, se oyó un disparo de cañón y un disparo de sombrero. Al mismo tiempo, toda la caverna se llenó de estalactitas de honor.
Por la misma razón, Rose Marie sobrepasó la medida de un metro y se convirtió en Carolina, lo cual obligó a José a salir con ella fuera de la caverna y conducirla hacia un Antonio, que sería entonces más propio para ella, pues sabido es que los Antonios deben casar con Carolina y los Josés con Rose Maries.
Carolina y Antonio se abrazaron llorando de alegría en medio de un llano que giraba en torno de su eje como una hoja a merced de las poleas del viento que pasa sin saludar.
En esos momentos de amor, una deplorable regresión hacia los tiempos históricos apareció en esos seres revolucionarios y posthistóricos. Lagrimas con pelos les brotaban desde el interior de sus glóbulos, termómetros de savia ascendían en torbellino por el magma de sus cuerpos. Se frotaban sus glóbulos con un ruido que casi recordaba los antiguos besos y en una fiebre de fidelidad, catorce flechas alfa le atravesaron de parte a parte, produciéndoles un deleite desconocido e intraducible.
Carolina, mirando a José con un aire atlántico, exclamó:
- Disculpa, José, yo no puedo amarte, pues tú eres varios y yo me he convertido en exclusivista.
José permaneció mudo y clavado en el suelo como una lámpara de amargura, con las orejas radiactivas, vueltas hacia el horizonte. Ante ese espectáculo de ternura incomparable, se sintió cogido por un rayo ultratango que le lanzó al espacio contra un eclipse y se rompió en mil pedazos.
Un gran relámpago salido de las alturas se alejó creciendo como el más bello juramento de amor.
Para la perfecta comprensión de nuestra historia, aquí debemos terminar nuestra historia.

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