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| Vicente Muleiro (Argentina, 1951) |
Ante la inquietante pregunta del poeta argentino, Rolando Revagliatti:
¿En los universos de qué artistas te agradaría perderte (o encontrarte)? O bien, ¿a qué artistas elegirías para que te incluyeran en cuáles de sus obras como personaje o de algún otro modo?
VICENTE MULEIRO
responde...
Nunca necesité que me invitaran a ensoñar. Siempre me las he arreglado para ensoñar solo. Así hemos charlado con mi Viejo, sentados en su tumba del cementerio de San Fernando, sobre cosas de la vida y de la muerte. También caminé por la calle de mi infancia para resucitar, bajo los paraísos, al amor más intenso e imposible de mi existencia. Y marché por las avenidas que convergen en Plaza de Mayo y personalmente le di al tirano el último empujón que lo defenestró. Una vez le alcancé a Jorge Luis Borges el oculto y exacto adverbio relativo de tiempo que buscaba. Y todo eso sin que me invitaran.
Y ahora me convidan a ensoñar, a mí, un ensoñador profesional. Acepto y cuento que suelo teletransportarme a un bar de Once, en la década del ‘20, para encontrarme con Macedonio Fernández y sus contertulios. Ellos creen que soy un escritor del grupo Florida, aunque en verdad estoy con los de Boedo porque siempre se me ha dado cruzar la tensión estética con las aventuras y desventuras sociales. No es casual que también me interese juntarme en los bares del puerto con Raúl González Tuñón o con Héctor Pedro Blomberg y acodarme en el estaño donde además confraternizo con las paicas abrazado a un sentimiento extraño que no discrimina entre pasión y redención.
Pero, o sobre todo, devoro los libros que atraviesan el Atlántico y proponen la ruptura del lenguaje articulado, la independencia de la metáfora de todo amago de representación, el montaje discordante de imágenes, la fragmentación e inversión del tiempo sucesivo y la joyceana ambición de hacer una épica de un pensamiento secreto, de un deseo en sordina que busca su palabra.
Claro que si solo me quedo en la búsqueda experimental me pierdo todo un mundo acaso no tan prestigioso, pero también creativo y, en términos económicos, más rendidor. Entonces me invento un seudónimo y escribo góticas y tormentosas historias de amor, por ejemplo, entre un mazorquero y una pulpera de ojos claros que al final se la roba un payador de Lavalle mientras los jazmines se desmayan y los cisnes se ahorcan. O sea: lo que me entusiasma es asumir la plena condición anfibia de la época y publicar poemas en Martín Fierro mientras escribo secretamente para La novela semanal y El cuento ilustrado.
La bifurcación no es tan fácil sobre todo si estoy escribiendo sobre un juego de pasiones entre una Milonguita y un Bacán y me tiento con el automatismo surrealista. O, a la inversa, quiero borrar la intervención de la razón cuando en la editorial me han pedido que escriba argumentos simples sobre vendedoras de Harrod’s tentadas por un jailaife que se dice enamorado pero que solo quiere “eso”.
Trato de dominar todas las cuerdas. El paisaje cultural de estos años, su multiplicidad de formas, estilos, géneros y búsquedas que van de lo “alto” a lo “bajo” y viceversa, de la vanguardia al código común, me provee una felicidad de montaña rusa.
copyrigth©vicentemuleiro

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